De verdad que si. En ese momento recordé las primeras salidas con Alberto, y lo mucho que me había costado acostumbrarme al grosor de su pene. Sabes, desde que entraste por esa puerta supe que iba a gozarte toda, es más, de inmediato se me puso tieso el palo. Vivían en un vecindario muy alejado del nuestro, casi una hora en carro, en una casa no muy grande pero acogedora y equipada con todas las comodidades y la tecnología disponible. Carlos, que no había sacado ni movido su miembro, comenzó a subirlo y bajarlo suavemente, y Alberto lo imitó. Hicimos algunas preguntas de rigor como gustos y usos; queríamos encontrar similitudes o diferencias en nuestras conductas. |