Daba la sensación de que el tipo estaba quitando el envoltorio de un regalo navideño. —Por el módico precio de veinte mil piastras, puede hacerse con el hallazgo supremo de la Alquimia: la invisibilidad —me dijo el mercader en un español más que aceptable, mientras curioseaba entre sus cachivaches, dejándome helado. En fin, separando los apretados labios de su vulva con los dedos metí mi lengua en su membranosa caverna como un intrépido espeleólogo y tanteé con la sin hueso en busca del apéndice en cuestión: un pene en miniatura. Ajena a los mirones, la digna fémina, revelando nervio y fortaleza, se debatía frenéticamente contra lo desconocido en un arrebato de coraje y ardor que para sí hubiera querido más de un soldado en el frente. En estado de reposo, el pene colgaba con tanta gracia como una trompa de elefante. Resuelto a animarla, me incliné sobre ella, la giré y eché un vistazo a su parte delantera. |