Para servirla. Dando un giro de 180 grados, agarró su desinflado miembro y se lo metió en la boca. —Usted debe ser el Señor Mas U…—Ulloa —dijo Fernando—. —¿Estabas oliendo mis bragas?— preguntó Marianela, la más joven de las hermanas. Fernando cerró los ojos y pensó en las dos ninfas, la una ocupando el puesto de la fea, y la otra bajándose las bragas para sentarse sobre su cara. El Señor Mas respiró hondo y comenzó a separar las virutas de nanas que formaban la infranqueable barrera con el propósito de hallar una entrada donde alojar su inquieto pajarillo y contentar a la Doña. |