ELSA, LA CHICA DESCALZA

 

LOS PIES DESCALZOS DE ELSA

La chica de la última fila de la clase, la que estaba sentada en el penúltimo pupitre, se descalzó los mocasines del uniforme y se sentó sobre uno de sus pies desnudos, cubierto solo por las medias rojas, apoyando el otro en el frío suelo de mármol del aula. Siempre que podía, Elsa, se descalzaba. Le gustaba sentir el suelo bajo sus pies desnudos, solo que en casa procuraba hacerlo cuando estaba sola, ya que a su padre no le gustaba que fuera descalza por ningún sitio, decía que eso hacia que una señorita fuera una vulgar mendiga, y el no quería mendigas en casa.

Elsa vivía sola con su padre, su madre había muerto al nacer ella y la joven se había criado con su padre, estricto hombre de negocios que no había dudado en ponerla sobre sus rodillas y azotar su culo con las zapatillas por romper un vaso, llegar tarde a casa o limpiar mal la casa. A sus dieciocho años, Elsa solo deseaba irse de casa., pero había repetido curso, y con su edad, se encontraba aun lejos de salir del colegio, pues estuvo durante dos años sin ir a clase por caer enferma, así que estaba estudiando con chicas de quince años. Le quedaban tres años de estudios.

Descubrió su pasión por andar descalza hace dos veranos, cuando volviendo a casa una tarde su sandalia se rompió y tuvo que hacer el resto del camino descalza. La joven, que nunca había estado descalza por orden de su padre, descubrió la maravillosa sensación que eso la producía, y a la vez que con miedo por si este la descubría, descubrió que aquello la gustaba. Aquel día, al llegar a casa, fue corriendo a su habitación a cambiarse el calzado y luego al baño. Allí, observó la suciedad e sus plantas del pie, y las encontró hermosas. Las acarició suavemente y las besó. Desde ese día, siempre que podía, incluso por la calle, se descalzaba y andaba con los pies libres, siempre con mido de ser descubierta por su padre o por algún amigo de este, era por eso que siempre que andaba descalza lo hacia lejos de casa.

Cuando su padre la metió en el colegio actual, solo para chicas, Elsa no descubrió que la sensación de descalzarse en clase era maravillosa, y siempre que podía lo hacia, a pesar de las burlas de sus compañeras, y de que la metieran chinchetas en sus mocasines cuando se descalzaba, esto había provocado algún grito de dolor inesperado cuando se volvía a calzar, bien para salir de clase o para ir a la pizarra por orden del profesor. Afortunadamente, cada vez lo hacían menos, solo se burlaban de ella en los recreos y a la salida. Nunca la habían descubierto los profesores, y daba gracias por eso.

Aquel día todo cambiaría para ella, desde ese día, su vida daría un giro tremendo, que poco a poco iría descubriendo. Desde ese día, Elsa descubriría que andar descalza no es siempre placentero, aunque con el tiempo…. ¿Quién sabe?

Sin que Elsa se diera cuenta, la chica que se sentaba tras ella se agachó bajo el pupitre y alargando las manos quito los mocasines de Elsa de debajo del pupitre de la chica y los guardó en su mochila entre risitas de las compañeras que lo veían. Elsa, sentada sobre uno de sus pies y con el otro apoyando la punta de los dedos en el suelo, no se dio cuenta. Seguía absorta en sus cosas, en la explicación del profesor, hasta que este terminó la lección.

-- Bien – dijo el profesor desde lo alto – Ahora saldréis para hacer los deberes que os puse ayer.

>> Elsa Riquelme.

Elsa se sobresaltó al oír su nombre, pero enseguida se recompuso, cogió su cuaderno de trabajo y liberando su pie derecho de debajo de su culito buscó los zapatos, primero despacio, y luego, nerviosamente, hasta que bajó la mirada y vio que no estaban. Se empezó a poner nerviosa, no sabia que hacer.

-- Elsa, venga. Sal.

-- No los hice señor. – tenia que ganar tiempo, no podía decir que había perdido los zapatos, ¿Cómo explicaría semejante ridículo?

-- Bueno, da igual, sal y los haces ahora.

Se empezó a poner roja como un tomate, que podría hacer… Las risas tras ella y a su lado le hicieron saber quien le había quitado los zapatos.

-- No… no puedo señor.

-- ¿Cómo dices?

-- No puedo salir a la pizarra señor.

-- ¿Porque no?

-- ¡Porque esta descalza señor profesor!

Elsa abrió muchos los ojos y miro atrás, había sido García, la chica que le había robado los zapatos quien lo dijo.

-- ¿Descalza? Elsa ven aquí ahora mismo, no me hagas ir.

Muerta de vergüenza, la joven se levantó y ando hasta la pizarra. La sensación era gratificante, sentir el frío mármol a través de la tela de las medias rojas del uniforme, que le llegaban hasta las rodillas, y se colocó delante del profesor. Este, mirando a sus pies no podía ocultar el enfado.

-- ¿Dónde están tus zapatos?

-- No lo se señor. – Elsa no podía mirarle a la cara, sin levantar la vista del suelo, la joven miraba sus pies descalzos asustada. ¿Qué la pasaría?

-- ¿No lo sabes? Y como crees tu que han desaparecido.

-- Me los han robado.

-- Pero te habrías dado cuenta ¿no?

-- No señor, estaba descalza en mi pupitre, los tenia debajo y…

-- ¿Descalza en tu pupitre?

-- Si señor.

-- Bien acompáñame al despacho del director.

Elsa, avergonzada y mirando siempre hacia el suelo, hacia sus pies protegidos tan sólo por las medias rojas, acompañó al profesor al despacho del director. Ambos salieron, entre las risas y burlas de sus compañeras. Sí, las chicas podían ser crueles, más aún en un colegio en el que no había hombres y podían comportarse como realmente eran, sin tener que preocuparse por lo que digan “los chicos”, sin tener que fingir, dejando salir a flote sus verdaderas personalidades, crueldades y pasiones. Así, fue hasta el despacho del director, donde esperó Elsa esperó afuera del despacho mientras el profesor y el director conversaban, con sus pies descalzos, cubiertos solo por sus medias rojas, sobre la moqueta de la habitación. Como a los 5 minutos, se abrió la puerta y el profesor le dijo:

-- Señorita Riquelme, adelante

Elsa entró. Era la primera vez que era convocada a esta oficina. Todo era ordenado y serio, decenas de libros adornaban el enorme librero de la pared. Libros de psicología, de docencia, de temas diversos.

-- Señorita Riquelme, ¿por qué está usted descalza? - Dijo el Director

-- Señor, me quité un momento los zapatos para estar más cómoda y cuando el profesor me llamó adelante, no los encontré, alguien se los llevó para jugarme una broma y...

-- Entiendo...¿acostumbra Ud. Quitarse los zapatos en clase entonces?

-- Yo, este... bueno, sí, a veces... es que me siento más cómoda y...

-- Bien, así que está más cómoda... es decir que antepone su comodidad y conveniencia a las normativas del colegio, yendo en contra del correcto uso del uniforme. Señorita Riquelme, entienda Ud. Que este colegio es una institución seria, respetable. Aquí las preparamos para la vida, las educamos. No es posible que Ud. Ande descalza en clase, es inadmisible, y....

-- Señor, lo esperan en Recepción - Interrumpió una voz femenina en el intercomunicador.

-- Que pase por favor. Dijo el Director.

Un par de minutos después, un hombre serio y correctamente vestido de elegante traje entró al despacho.

-- Adelante señor Riquelme, tome asiento por favor, dijo el Director, mientras Elsa, con el rostro enrojecido de vergüenza hasta verse casi como sus medias rojas, miraba sólo hacia el piso, avergonzada de la presencia de su padre y temerosa del castigo que le esperaba en casa...

-- Señor Riquelme, su hija ha violado las normativas de nuestra Institución estando descalza en clase. Ni siquiera sabe dónde están sus zapatos.

-- Señor Director, le ruego me disculpe, desde que su madre falleció cada vez me es más difícil controlar la rebeldía de esta muchacha, ya no sé qué hacer.

-- Entiendo... creo que la mejor manera de combatir una enfermedad o desviación es con un tratamiento adecuado. Su hija nos ha dicho que se descalza por comodidad, así que haremos que se sienta “cómoda”, tal vez así entienda por qué la gente usa calzado. Claro, si es que Ud. Está de acuerdo...

-- ¿Qué tiene en mente, señor Director?

-- Pues ya que a Elsa le gusta ir descalza, tendrá que venir a clases descalza durante el resto del semestre. Aún no hace frío así que no creo que esto le represente problemas de salud. Claro, si es que está Ud. De acuerdo con esta medida disciplinaria, señor Riquelme.

-- ¿De acuerdo? Me parece muy bien señor Director. Démosle un poco de disciplina a esta niña, creo que luego de cuatro meses descalza aprenderá a apreciar lo que representa un par de zapatos y llegará a extrañarlos.

-- Acordado entonces. Lógicamente, al decir “descalza” me refiero a que llevará los pies desnudos por completo. Nada de zapatos, nada de medias. Y le agradecería que para hacer del castigo una experiencia educativa integral, ocurra igual en casa, señor Riquelme. Es decir, sería conveniente que Elsa no usara nada en los pies ni en el colegio ni en casa, que permaneciese completa y efectivamente descalza durante los próximos 4 meses. Allí evaluaremos el resultado y según eso decidiremos juntos.

-- Me parece perfecto, señor Director, y gracias por su atención y sugerencia.

Elsa escuchó aterrada la conversación de los dos adultos. ¡Descalza! ¡Cuatro meses! No podría soportarlo. Sí, claro, le gustaba caminar sin zapatos, experimentar distintas sensaciones en sus plantas desnudas...pero de allí a no usar calzado en absoluto, el abismo era enorme... ¡y la vergüenza! Ir sin zapatos a todo sitio, a todo lugar. Hacer el mercado los fines de semana descalza. La limpieza de casa descalza....¡llegar y dejar el colegio descalza! Sería la burla de sus “amigas”. Bueno, realmente tenía una o dos amigas de verdad, pero nada más... y tal vez hasta a ellas las perdería. ¿Quién querría ser vista con una chica que no usa zapatos? Además sus pies se le pondrían horribles, seguro que se le deformarían y se le pondrían anchos y llenos de hongos. Y la suciedad... una cosa era disfrutar de la belleza de sus plantas sucias, besarlas al ver lo hermosas que se veían cuando el polvo resaltaba las delicadas y sensuales curvas de sus pies largos y delgados, finos y femeninos... y otra era que la gente, sus amigas viesen sus plantas sucias, seguro que se burlarían de ella.... ni qué decir del camino que recorría a diario de casa al colegio y viceversa... tres kilómetros sobre distintas superficies...no podría soportar el sendero que atravesaba el parque, el que estaba cubierto de grava afilada...!jamás se acostumbraría a pisar eso descalza!, y...

-- Señorita Riquelme, ¿me escuchó? - la voz del director la sacó de su sopor-Como le decía mientras usted no prestaba atención, irá descalza durante los próximos cuatro meses.

-- Quítate las medias y dámelas, no las mereces -- dijo hoscamente su padre -- Ya conversaremos en casa.

Elsa obedeció como una autómata. Se quitó las medias rojas y doblándolas cuidadosamente se las entregó a su padre.

-- Es todo señor Riquelme, muchas gracias

-- Hasta luego señor Director.

-- Profesor, por favor acompañe a la señorita Riquelme de vuelta a clases.

Cinco minutos más tarde la extraña pareja regresaba al salón. Las chicas estallaron en risas al ver que Elsa seguía descalza...¡y esta vez sin medias!.

-- López, por favor, vaya al fondo. La señorita Riquelme se sentará en la primera fila de ahora en adelante.

Esto era aún más vergonzoso para Elsa. Estando en la última fila nadie vería sus pies, pero en primera fila, todas, TODAS podrían ver sus pies desnudos cuando se les antojase. Se iba a morir de vergüenza... 25 chicas mirando fijamente sus pies, sus plantas sucias... Y las bromas que se les ocurrirían

--¡ Silencio clase! ¡Basta ya! ¡Se acabó! Elsa Riquelme ha atentado contra el código de nuestra escuela y recibirá el castigo justo para ello. Ya que no le gusta usar zapatos, pues irá descalza durante los próximos cuatro meses para que así valore lo que significa no tener zapatos. Millones de personas en el mundo pasan hambre, van descalzas porque no tienen con qué comprarse un par de zapatos, y esta niña simplemente ha despreciado el esfuerzo que hace su padre para darle todo. ¿No le gustan los zapatos? Pues irá descalza.

El timbre sonó a la media hora, hora de salir. En silencio y con los ojos enrojecidos, Elsa cogió sus libros y cuadernos y, descalza, comenzó su penitencia... salió del aula y se dirigió a la puerta del colegio. Y vio lo que le esperaba: frente a ella tenía todo un kilómetro de camino de grava, esperándola, listo para torturar sus pies desnudos... tenía que dar el primer paso... el primer paso de los cuatro meses que tenía por delante...

 

 

 

EL CASTIGO EN CASA

 

 

No se atrevía a andar, cuando alguien la golpeó la espalda, se dio la vuelta y vió a su compañera de clase enseñándola sus mocasines. Elsa comenzó a llorar.

-- Cerdas… dármelos, por favor…

-- No, no querrás desobedecer al director.

-- Venga, corre a tu casa.

La empujaron y Elsa retrocedió tambaleándose sin llegar a caerse,. Entre lagrimas, antes de recibir otro empujón, dio media vuelta y comenzó a correr por el camino de grava sin mirar atrás, y sin sentir el punzante dolor que empezaba a acumularse en sus pies.

Justo cuando llegaba a casa, corriendo todavía, vio a su padre esperándola en el camino a la misma y se detuvo. Fue cuando sintió el verdadero dolor punzante en sus pies, y muerta de miedo, fue lentamente a ver a su padre, este le recibió con una bofetada en la cara y la grito que entrara en casa. Una vez dentro la hizo sentarse en una silla.

-- Vas a recibir tu merecido mala hija. Estarás descalza de por vida, ya que tanto te gusta. Cuando acabes el colegio este año te internaré en algún sitio donde me encargaré de que tus pies no vuelvan a estar cubiertos por nada.

-- Lo siento papá… Me duelen los pies, creo que he pisado algún cristal.

Cogiendo una silla, el padre de Elsa puso los pies de la chica encima de la misma y los metió por entre los barrotes del respaldo, atando luego los tobillos juntos con su cinturón, sin darle tiempo a la niña a soltarse. El padre de Elsa comenzó a inspeccionar los pies de su hija. Estaban sucios, había restos de sangre en algunas partes, cortes, poco profundos, un chicle pegado, alguna piedrecilla y una chincheta, la cual quitó sin cuidado haciéndola chillar.

-- Tienes unos pies muy sucios hija. Creo que tendré que limpiarlos.

Y dicho esto fue a un armario del que sacó una regla de madera. Elsa miró con los ojos abiertos, muerta de miedo. su padre llego donde ella, y sin decir nada, con todas sus fuerzas, azotó con la parte ancha de la regla las plantas de los pies de su hija, y sin darla tiempo a dejar de chillar asestó otro golpe, y otro, y otro, mientras su hija lloraba y el sonreía mientras gritaba.

-- Cada día te limpiaré así los pies.

Y siguió azotando los pies de su hija durante largo tiempo, hasta que no quedaba resto de suciedad, ni del chicle, ni de piedrecillas pequeñas. Solo una gran mancha rojo fuego que demostraban lo calientes y doloridos que tenían que estar los pies de Elsa.

La desató y la obligó a andar, Elsa apenas ponía, iba casi de puntillas, pues los dedos eran lo único que se habían librado de los golpes.

-- Ahora harás los deberes, y luego limpiaras el desván Tiene mucho polvo

Su padre sonrió.

-- Y cuando bajes, volveré a limpiarte los pies.

Y Elsa llorando, deseo no haberse descalzado nunca, mientras iba a su cuarto, temerosa del castigo que le aplicaría su padre esa noche, y los que vendrían en los siguientes días.

 

 

Una vez en su habitación, Elsa se tiró en la cama y empezó a llorar. No sólo por el dolor que abrasaba sus plantas castigadas, sino por la humillación que había sufrido ante todas sus amigas. Y todo por culpa de García, la chica que se sentaba detrás de ella, la que le había robado los zapatos.

Una vez más tranquila, se sentó en el borde de la cama y colocando su pie derecho sobre su muslo izquierdo, revisó la planta de su pie. Estaba roja y lastimada. No sólo por los reglazos, sino por el hecho de haber caminado y corrido por el camino de grava saliendo del colegio. Cada paso había sido una tortura. ¡Ya no le gustaba andar descalza! Pero su padre había sido clarísimo: “Estarás descalza de por vida” “Me encargaré de que tus pies no vuelvan a estar cubiertos por nada”. Y sabía que hablaba en serio. Su padre era un ejecutivo estricto, duro, y trataba a su hija como trataba a sus subalternos, sin miramientos, hasta diríase que con crueldad. Elsa no se imaginaba cómo sería vivir el resto de su vida sin zapatos. Aunque pensándolo bien, a lo sumo sería un par de años más, cuando cumpliese su mayoría de edad. Entonces su padre no tendría potestad sobre ella y haría lo que le viniese en gana. Tal vez incluso antes, tal vez su padre se avergonzaría de tener a su hija siempre descalza y la haría ponerse zapatos antes de los cuatro meses, tras conversar con el director. Sí, eso sería... no por piedad ni por lástima, sino por vergüenza. “La hija del señor Riquelme no podía andar descalza” pensó Elsa... ¡qué vergüenza para su padre, todo un Gerente! Elsa sonrió, esto era un castigo pasajero, una lección, pronto sus pies llevarían zapatos nuevamente...¡cuánto se equivocaba la ilusa muchacha!

-- ¡Elsa, qué esperas! ¡baja de inmediato!

Aterrada al oír el llamado paterno, Elsa bajó corriendo las escaleras. En un santiamén se había quitado el uniforme de colegio y se había vestido con lo que encontró a mano y se sentía cómoda: un short de jean de color azul y basta descosida y una camiseta blanca de manga corta.

-- Es hora de que limpies el desván. Tienes una hora, luego bajarás.

-- Sí padre

Así lo hizo. Elsa subió al desván. Era realmente un cuchitril, en la casa faltaba el toque femenino. Su padre vivía de manera austera y el desván tenía un montón de trastos viejos y tonterías. Mientras limpiaba encontró algunas cosas de su madre, fotos viejas en donde todo era felicidad. Su padre, con un rostro joven y alegre, sonreía al lado de su madre. Ella era bella y Elsa notó en el viejo espejo que encontró que su propio rostro comenzaba a parecerse al de su mamá, a la que nunca conoció. Sí, todo era felicidad, hasta que nació Elsa. Su nacimiento había significado la muerte de su madre y eso era algo que su padre jamás le perdonaría. Había perdido a la mujer que amaba a cambio de un montón de problemas, ya que así consideraba a su hija. Ni siquiera había nacido un varón, al que podría criar y quien llevaría su apellido. No, el apellido Riquelme se perdería y lo único que tenía a cambio era una chiquilla rebelde y malcriada.

Elsa lloró al pensar estas cosas, pero luego el miedo pudo más y se apresuró a hacer sus deberes. Las plantas de los pies aún le dolían pero se aguantaba y seguía trabajando, ordenando y limpiando todo, mientras sus plantas se le ponían negras de nuevo. Fue al espejo nuevamente. Dándole la espalda, se arrodilló en el suelo y volteó la cabeza hacia atrás. Además de su bien torneado cuerpo notó la negrura de sus plantas. Era gracioso, a pesar del castigo que pendía sobre ella, a pesar del dolor, no pudo dejar de notar con gusto que sus plantas estaban negrísimas a excepción de sus arcos. Elsa era una chica bonita y sus pies eran hermosos: largos, delgados, bien formados, de arcos pronunciados. Eran femeninos, delicados, bellos. Sus plantas eran suaves, pero no permanecerían así por mucho tiempo. Elsa sabía que si el castigo se prolongaba sus plantas terminarían curtiéndose y poniéndose como cuero: duras, gruesas y flexibles.

--¿Ya? Gritó su padre.

  Elsa escuchó los pasos mientras él subía al desván.

--Mucho mejor. – dijo mirando al desván -- Ahora, -- siguió mirando a la muchacha -- muéstrame tus pies.

Aterrada, Elsa le enseñó sus pies a su padre

-- ¡Las plantas, muchacha tonta! -- Gruñó él – O será peor.

Elsa le dejó ver las plantas, negras, sucias

-- Tendré que limpiártelas nuevamente, y tú ya sabes como. Mientras tanto, trae esa caja que está al rincón, vé a tu cuarto y junta todos tus zapatos, medias y calcetines en ella y tráelos al jardín.

Elsa así lo hizo. Diez minutos más tarde bajaba con una pesada caja al jardín, llena de calcetines, zapatos, sandalias, tenis... nunca se había percatado de cuántos zapatos tenía.

Su padre la esperaba en el jardín. Tenía algo en la mano.

--Ponla allí- Dijo, señalando un lugar en el jardín, en donde el pasto apenas crecía.

Acto seguido, roció la caja con la gasolina que llevaba en la galonera que sostenía en la mano, encendió una cerilla, prendió su cigarrillo y tiró la cerilla a la caja. De inmediato empezaron a elevarse grandes llamaradas, mientras los zapatos y calcetines de Elsa empezaban a arder.

-- No volverás a usar zapatos, así que no necesitarás más todo esto- Dijo.

Aterrada, con lágrimas en los ojos, Elsa veía cómo el fuego devoraba todos, absolutamente todos sus zapatos, y también sus calcetines. Su padre hablaba en serio, no iba a ser algo temporal, iba a permanecer descalza durante un buen tiempo.

Ambos se quedaron en silencio, mirando cómo el fuego reducía todo a cenizas.

-- Ahora límpialo todo, dijo el padre, entregándole una pala. -¡Ahora!

Elsa cogió la pala y empezó a juntar las cenizas aún humeantes, aún ardientes.

-- ¡Por allí! - Le dijo su padre.

Era imposible: el sitio que señalaba, en donde ella tenía que limpiar, la obligaría a caminar sobre las cenizas aún calientes.

-- ¡Hazlo!

Si más remedio, Elsa hizo lo que le ordenaba. Y eso significó caminar sobre las cenizas humeantes. En lugar de empezar por el borde hasta llegar a la parte central, el padre le había ordenado empezar a limpiar desde el centro hacia fuera , por lo que la muchacha tenía que caminar necesariamente sobre las ascuas. Las cenizas calientes, los rescoldos hicieron bien su trabajo, quemándole las plantas a la chica. Estaba tan aterrada que no atinaba ni a gritar ni a llorar, sólo a limpiar, mordiéndose los labios para aguantarse el dolor. Las cenizas le quemaban las plantas, se las ampollaban, pero ella seguía. En cinco minutos terminó, cinco minutos que se le hicieron una eternidad.

-- Muy bien, ahora ven aquí – Dijo el padre

La hizo sentarse nuevamente y pasó sus pies entre los barrotes de la silla. Le ató los tobillos y le inspeccionó las plantas de los pies. Estaban negras de ceniza y polvo. Con un estropajo húmedo las limpió y se las encontró rojas, quemadas, con algunas ampollas. Esto lo desanimó de azotárselas nuevamente, para el primer día la chica había tenido suficiente castigo ya. Además era su hija y él no era tampoco un loco. Esas plantas necesitaban descansar, ya habría tiempo para castigos mañana. Además él sabía que pronto comenzarían a curtírsele y que Elsa extrañaría la suavidad de sus pies, eso sería un castigo adicional, ver y sentir cómo sus plantas se curtirían, se le volverían ásperas y duras. Eso, aunado a las burlas de sus compañeras que la esperaban al día siguiente. Le desató los tobillos y le dijo

--Ve a la cocina, prepáranos algo. Vamos a cenar y luego te irás a tu cuarto a hacer tus deberes y a dormir.

Elsa se sorprendió. Pensó que su padre le iba a azotar los pies de nuevo, pero él sólo le había limpiado las plantas con el trapo húmedo y se las había revisado. Bueno, era su padre al fin y al cabo y después de todo nunca le había faltado nada a ella. Aún ahora no le faltaba nada, excepto sus zapatos.

Elsa aguantó con los dientes apretados el seguir de pie mientras preparaba la cena. El dolor en sus magulladas plantas era brutal e insoportable. Cuando ambos cenaron y Elsa recogió la mesa se despidió de su padre y subió a su cuarto. Allí, se sentó lentamente en el borde de la cama, y apoyando sus pies, primero el derecho, luego el

 

izquierdo en el muslo de la otra pierna, vio con lagrimas en los ojos las terribles ampollas que se le estaban formando, alguna, estallada con pus saliendo de su interior. Con cuidado, andando con los talones, la parte menos dolorida que tenia, fue hasta el cuarto de baño que tenia en su habitación, llenó el vide de agua fría y metió los pies dentro. Fue una sensación sedante, que no la hizo dejar de llorar, pues aun la dolían.

Tuvo los pies en agua el tiempo suficiente para que el dolor se mitigase. Después, con cuidado, se los secó. Fue hasta su dormitorio, se tumbó en la cama echa un ovillo, y llorando trató de dormirse sintiendo aun su pie latir de dolor, mientras pensaba en que la aguardaría al día siguiente, su primer día descalza.

 

AZOTADA EN CLASE

 

A la mañana siguiente, Elsa, vestida con su uniforme del colegio, pero sin medias ni calzado, miraba desde la puerta de su casa la lluvia que caía del cielo. No podía creérselo. Tendría que ir descalza hasta el colegio lloviendo como estaba lloviendo. Se le ensuciarían los pies de barro, y podría enfermar. Le dieron ganas de llorar, pero se contuvo, salió de su casa y empezó a andar, despacio, con cuidado, mirando por donde pisaba, pues no quería pisar cristal alguno. Iba con tiempo, no tendría que correr, y la daba igual mojarse de agua, además, esa mañana se había tomado un calmante y los pies apenas la dolían, aunque el aspecto de sus pies, debido a las ampollas era lamentable, las heridas estaban ya con costra, y temía que cualquier esfuerzo las abriera, y volviera a sentir aquel terrible y punzante dolor. Sin embargo, descubrió que el suelo húmedo relajaba y calmaba sus pies, y lo agradeció. En el fondo. Pensaba, aun la gusta andar descalza, pero era terrible la situación y los castigos. ¿Cuántos castigos más la esperaban en su vida? Sabía que muchos, y sabia que sus pies sufrirían mucho más de lo que habían sufrido ayer. Ese pensamiento la hizo llorar. No podía pensar en eso, no quería, así que sin dejar de caminar empezó a andar por el camino de tierra, ahora convertido en barrizal, que la llevaba hasta la puerta del colegio.

Cuando llegó a la puerta, no había nadie. Los días de lluvia, la gente entraba directamente y no se quedaba fuera. Piso el cemento del patio del colegio y vio sus embarrados y sucios pies. Miro a un lado y a otro, y a su derecha vio un charco de agua. Fue hasta allí y se mojo los pies limpiando la mayoría del barro, pero quedando aun entre sus dedos y debajo de sus uñas, dando a sus pies un aspecto de pordiosera pedigüeña. Armada de valor entro en el colegio y finalmente, en su clase.

El profesor aun no había llegado, y al verla entrar, sus compañeras rompieron en carcajadas, señalaban sus pies y se reían mientras la llamaban pordiosera, guarra, y muchas cosas más que no la importaron. Tendría que aguantar esto cuatro meses, seria mejor acostumbrarse. Se sentó en su pupitre y apoyó los pies en el suelo. Se veían realmente sucios, con mugre y barro viéndose, mojando el suelo bajo ella. Dejando huellas por donde pisaba, algo de lo que no se había dado cuenta, pues el resto de alumnas se había limpiado en el felpudo de metal de la entrada principal, algo que ella no había echo, tenia miedo de lastimarse los pies, lo que había provocado que las huellas de sus pies descalzos estuvieran desde la entrada hasta su pupitre.

Cuando se abrió la puerta y aparecieron el profesor con el director, los dos miraron a Elsa y a sus pies. Las alumnas, rápidamente, bien educadas, se pusieron todas, incluso Elsa, de pie para recibir al director diciendo “BUENOS DIAS SEÑOR DIRECTOR”

-- Sentaos, sentaos.

>> Señorita Riquelme, veo que esta cumpliendo el castigo.

-- Si señor – susurro Elsa muerta de miedo.

-- Levántese y venga aquí.

Elsa, se levantó y se fue junto al director, los dos, y el profesor, subieron después el escalón de la tarima. Ahora todas veían claramente sus pies sucios. Elsa estaba muerta de vergüenza.

-- Mire el suelo señorita Riquelme.

Elsa obedeció, y aterrada descubrió las huellas de sus pies.

-- Lo lamento señor direc…

-- ¡Cállese! Están por todo el colegio.

>> Vaya a mantenimiento, en el sótano, coja la fregona y el cubo y deje todo tan limpio como antes de su grosería y desfachatez. Cuando acabe vuelva a clase, pero al final del día vaya a mi despacho.

Sin mirar atrás, Elsa salió del aula y fue hasta las escaleras para bajar al sótano, miro hacia atrás y vio que aun dejaba huellas. Antes de seguir manchando, se dijo, iría al lavabo, allí, con papel higiénico se los limpiaría y secaría. Entro en el lavabo y allí en una de las cabinas, la cerró, sin poner el pestillo, y sentándose encima del inodoro después de poner la tapa, cogió uno de sus pies y comenzó a limpiarlo, después, hizo lo mismo con el otro pie, hasta dejarlos sin rastro de humedad ni suciedad. Solo le quedaba suciedad bao las uñas, pero eso no podía quitárselo sin lavárselos, y lo haría esta noche en casa. Salió del baño y se aseguró que no dejaba huellas, y después, bajó al sótano.

El olor a orina en el sótano era repugnante. Allí acababan las cañerías de todos los baños del colegio, y Elsa ya había visto alguna cucaracha y una rata. Sin pensar demasiado en ello fue hasta la última puerta, llamó y abrió. Dentro estaba la mujer de la limpieza, mirándola con aire de superioridad.

-- Así que eres tu la cerda que ha manchado los pasillos..

Sin darla tiempo a contestar, la mujer le dio a Elsa el cubo lleno de agua y lejía y la fregona.

-- Cuando acabes vienes y lo guardas en este armario. Ahora largo.

Elsa salió, y con cuidado de no derramar nada, volvió a la entrada del colegio, y desde allí, empezó a limpiar todas sus huellas ante las divertidas miradas de las alumnas del centro con las que se cruzaba, incluso una niña de unos 8 años señaló sus pies y riéndose empezó a chillar “ La chica descalza esta fregando, la chica descalza esta fregando” Aquella humillación la hizo a Elsa agachar la cabeza todo lo posible. De las aulas cercanas comenzaron a asomar cabezas y empezó a oír risas y burlas. Elsa aguantaba las lágrimas, miraba sus pies, que de vez en cuando chocaban con la fregona debido a que estaba temblando y aguantaba las lágrimas.

La pero parte fue limpiar en cu propia clase, ante la mirada con aire divertido de su profesor y las risas, carcajadas más bien, de sus compañeras, los insultos y las burlas, ante los que el profesor no decía nada.

Cuando acabó, volvió a dejar la fregona y el cubo en el sótano y subió de nuevo a su clase. Llamó a la puerta y entró. Allí estaba el director. Subido en la tarima, junto al profesor. Había también una silla y un taburete. Elsa, sin mirarles, se dirigió a su sitio, pero el director la detuvo.

-- Suba aquí señora Riquelme.

Muerta de miedo, Elsa obedeció.

Siéntese en esta silla y apoye los pies en este taburete.

Los ojos de Elsa se abrieron como platos, las heridas, la suciedad de sus pies, lo vería todo el mundo. Así tal vez, les diera lastima y la dejaran volver a usar calzado. Esperanzada, sin sospechar el castigo que la esperaba, Elsa obedeció, y aunque al principio las chicas de la clase se quedaron calladas y sorprendidas al ver las plantas de los pies de la chica, en cuanto una empezó a reír y chillar “sucia, sucia, sucia” el resto la siguió, y Elsa, quiso ponerse a llorar.

-- Ayer se quedó sin castigo, ya que su padre me aseguró que el la castigaría en casa. Pero su insolencia con sus compañeras merece su castigo.

-- Por favor… -- dijo Elsa, llorando – No… Mis pies…

El director sonrió maliciosamente, sacó de su bolsillo una cuerda y ató los pies de Elsa al asiento del taburete pasando la cuerda por debajo del mismo, tan fuerte, que la chica casi no sentía los pies. No trato de moverlos, sabia que era inútil, así que, resignada, llorando, esperó el castigo.

-- Usted ha despreciado las normas y la higiene de este colegio. Durante estos cuatro meses asumiremos su forma de vivir, es decir, descalza, pero usted asumirá las consecuencias a su rebeldía.

>> Ha ofendido a este colegio y a sus compañeras de clase. Es justo que ellas reciban su disculpa. Y ahora lo va a hacer.

-- Una a una, sus 25 compañeras subirán aquí, usted las pedirá perdón, y ellas la perdonaran azotando sus pies con esta correa de cuero – el director saco detrás de el una correa de cuero, más ancha que un cinturón, pero mas corta, acabada en un mango de madera. – Creo que se llama Twase, o así.

Elsa no podía creerlo, la azotaran con eso, sus compañeras, no podría soportarlo, aquello tenia que ser una pesadilla, no podría volver a andar después de eso, estaba segura. El director, sonriendo al ver el sufrimiento moral que estaba provocando en la joven siguió.

-- La azotaran 2 veces cada una. Pero si usted por alguna razón decide no pedir perdón a alguna, recibirá aun así esos 2 azotes más diez míos. Si después de eso todavía no pide perdón, recibirá otra vez esos dos azotes de esa compañera y esta vez serán 20 míos, doblando mis azotes cada vez que usted desde entonces no pida perdón. Como ve, puede llevarse tan solo 50 azotes, o si sigue siendo tan rebelde, sufrirá mucho más.

El director se bajo de la tarima y acercó su cara a los pies de Elsa, sucios, con mugre, las costras de las ampollas no le amedrentaron. El director, olisqueó brevemente so pies de Elsa y sonrió.

-- Le huelen los pies señorita. Cuando acabe su castigo habrá que lavarlos.

>> Cuando se termine su castigo continuara con sus clases, y al finalizarlas vendrá conmigo a mi despacho, allí la dejaré usar m servicio para lavar sus pies, y después, esperaremos juntos a su padre allí.

-- Bien. Ahora, el profesor las ira llamando una a una, subirán, la señorita Riquelme las pedirá perdón y ustedes la perdonaran azotándola dos veces la planta de los pies. Están atados juntos para que los dos pies reciban los golpes a la vez. Y señoritas, si creo que alguna de ustedes podía haberla azotado más fuerte, ella recibirá diez azotes míos en sus pies.

Elsa pensó que aquello haría que los azotes fueran tremendamente dolorosos, sabia que sus compañeras la azotarían fuerte, pero después de eso… Cerró los ojos y trató de no llorar más, movió los dedos de sus pies, aun podía hacerlo, quien sabe si después de hoy se quedaría invalida

-- Ana Abad.

Elsa apretó los dientes, comenzaba su castigo. Ana, una niña rica de familia bien, que aprobaba pagando sus notas, se acercó con una sonrisa en los labios. Cogio el Twase y miró a Elsa.

-- Perdón – susurro Elsa con la voz encogida por los sollozos que aun duraban.

ZAS ZAS…. Los dos trallazos impactaron con fuerza brutal en las plantas de los pies de Elsa, haciéndola soltar un grito de dolor y romper en un llanto entre gemidos y suplicas.

-- Porfavor…..

-- Perdonada – dijo irónicamente Ana. Y se bajó.

Antes de que se recuperase, Elsa escuchó otro nombre, y cuando vio a su compañera, susurró un perdón y ZASZAS otro dos golpes, mas seguidos y más fuertes que los anteriores. Una a una sus compañeras pasaban, oían el cada vez más débil perdón de Elsa, y la azotaban. Había veces que Elsa sentía como si se le rompieran los huesos de los pies, algunas compañeras golpeaban tan salvajemente que estaba segura que sus pies serian ahora un amasijo de sangre.

-- Maria García.

Por último la culpable de todo. Elsa no deseaba pedirle perdón a Maria debía de ser al revés, por su culpa ella esta así. Se preguntó si podría soportar diez golpes del director y armándose de valor levantó la cabeza y miró a los ojos a Maria, la sonrió, esta le devolvió una sonrisa irónica.

-- Deberías de pedirme tu perdón a mi. – dijo Elsa.

Maria se quedó tan sorprendida, ofendida, que azoto cuatro veces a Elsa, y hubiera seguido de no ser porque el director la detuvo.

-- A su sitio señorita García, ya acabaré yo.

Elsa, que no esperaba esa reacción de Maria lloraba de dolor, había sido valiente, pero ahora vendría lo peor. Sus pies habían recibido 52 azotes. Se preguntaba si siquiera podrían con uno más.

El director bajó de la tarima y observo los pies de Elsa. Tenían un color rojo intenso, las costras de las ampollas se habían roto y volvía a salir pus. El director agarró los pies de Elsa y presionó las plantas con los pulgares, la joven chillo de dolor.

-- Bien señorita Riquelme, le quedan diez azotes. Quiero que los cuente en voz alta y me de las gracias a continuación. Y si no cuenta o no me lo agradece empezaremos de cero.

ZAS. El golpe había sido el más brutal hasta ahora, Elsa sintió sus pies arder, mucho más que cuando ayer caminaba sobre las ascuas, y el dolor la hizo chillar y comenzar a llorar con todo su dolor.

-- Uno – acertó a decir – Gracias señor director….

-- Si, eso es, muy bien. – la mirada lasciva del director hacia los preciosos, y ahora castigados, pies de Elsa no la percibía nadie. Aquel hombre estaba disfrutando de la posibilidad de poder torturar unos pies tan hermosos, y se dijo, lo haría cada día – Quedan nueve señorita Riquelme aun no he acabado.

ZAS….

...

-- Diez, Gracias, señor Director -- alcanzó a decir Elsa, balbuceando, con los ojos llenos de lágrimas y las plantas de los pies hechas una lástima.

Las muchachas habían contemplado en silencio, atónitas, cómo el director en persona torturaba los pies de Riquelme. Habían escuchado los gritos de dolor de la muchacha mientras miraban fijamente a aquéllas plantas enrojecidas, llenas de magulladuras y cortes. Observaron las rayas rojas que cada azote dejaba en las plantas de la chica, su compañera de clase. Y aunque Elsa realmente no tenía amiga, varias chicas enjugaron alguna lágrima al observar el sufrimiento de la muchacha, al verla aullar de dolor y retorcerse sin poder liberar sus pies. Esto realmente había dejado ya de ser un simple castigo y se había convertido en una tortura. Algunas miraban asustadas, otras pensaban que algo así podría ocurrirles a ellas también si atentaban contra las normas de la escuela.

Luego de los diez salvajes azotes, el director desató los pies de Elsa y la chica, gimiendo, se levantó de la silla. Algo de orgullo le quedaba así que trató de soportar el dolor y, aunque cojeando, se puso de pie.

-- Acompáñeme a mi despacho, señorita Riquelme. Es hora de que se asee.

Elsa salió del aula tras el director, dejando a las chicas en silencio

--Bueno, bueno, el espectáculo ha terminado, por favor concéntrense en sus libros. Abran el texto de Matemáticas en la página 56

-- Allí está el baño, Riquelme, lávese los pies con cuidado y venga aquí luego – dijo el director.

 

Elsa hizo como se le ordenó, y al ver sus plantas lastimadas no pudo contener el llanto. Eso, además del intenso dolor que sentía. Sospechaba ya que ese sufrimiento sería a diario así que tendría que aprender a convivir con ese dolor. Sus pies, a pesar del daño, seguían siendo hermosos: largos, delgados, delicados... de arcos pronunciados. Sus plantas eran una lástima, llenas de cortes, de las marcas del Twase, las ampollas de las quemaduras reventadas. Lentamente se lavó los pies en el lavabo del despacho del director hasta quedar limpios, y se los secó con la toalla.

Se sentó en la silla que le indicó el Director y colocó los pies en el taburete contiguo. Apretó los dientes, esperando más tormento. Lo que vino la tomó por sorpresa: el Director en persona le empezó a aplicar un ungüento en las plantas para curar sus heridas mientras la daba un masaje. La crema debía tener algún calmante además del antiséptico, ya que al minuto el dolor empezó a ceder, sintiendo los pies algo adormecidos.

-- Riquelme -- dijo el Director al terminar de curarle las plantas lastimadas, tras unos 5 minutos de concienzuda labor.-- Lo que Ud. Ha hecho es grave. Ha atentado contra nuestro código de conducta y no podemos permitírselo. Su padre ha llamado y está en una reunión importante, no podrá venir hoy. Muchacha, sus pies van a sufrir bastante durante los próximos meses. Le gusta andar descalza y por tanto no usará calzado durante los 4 meses que vienen, como acordamos ayer su padre y yo. Le recomiendo que cure sus heridas y además que vea algún modo de fortalecer sus plantas. Por otra parte pronto empezará el calor, así que tenga especial cuidado.

-- Gracias, señor Director -- balbuceó Elsa

-- Ahora vaya a su clase y trate de pasar inadvertida. Le recomiendo que no haga nada que pueda causarle más problemas, señorita.

Así lo hizo Elsa. Volvió a clase y con la venia del profesor se sentó en su nuevo pupitre, adelante. Esta vez las chicas la recibieron en silencio, aunque algunas sonreían de manera extraña. Si bien a la mayoría de las chicas el espectáculo de ver a su compañera torturada en frente de la clase, de ver cómo le habían quedado las plantas de los pies las había impresionado e incluso dado algo de lástima, a algunas de ellas, García incluidas, el hecho las había entusiasmado, incluso excitado... Las hormonas estaban en ebullición y haciendo su trabajo.

El día de clase pasó sin mayor novedad y llegó a su fin. Elsa salió de clase en silencio. Hasta el profesor parecía compadecerla un poco luego de ver cómo el Director en persona la había castigado. Seguía lloviendo y eso hacía el camino de grava particularmente resbaloso. A Elsa no le quedó otra que caminar sobre las piedras afiladas y resbaladizas, que se clavaban inmisericordes en sus plantas torturadas. El dolor era terrible, pero no tenía más remedio que aguantárselo. Trató de pensar en otra cosa, ver los árboles, los pájaros, para distraerse... pero el dolor seguía allí, haciendo palpitar sus pies y retumbando en su cerebro. De repente y como un flash le vinieron a la mente ciertas imágenes de una película para adultos que había logrado ver la otra noche. Era una pareja haciendo el amor y la mujer parecía disfrutarlo de lo lindo. Ella aún era virgen así que no tenía idea de cómo sería eso, sólo por las películas y su natural curiosidad. Siguió caminando mientras recordaba esa película y luego, de repente, se dio cuenta de algo... el dolor no había cesado, sus plantas seguían palpitándole y ardiéndole terriblemente...pero ya no era algo negativo sino que al contrario, recordar la película mientras sufría la hacía sentir algo raro dentro de sí... La mente es veloz, así que Elsa comenzó a recordar mientras el Director en persona le azotaba los pies y al mismo tiempo recordó las imágenes de la película...y sí, la misma extraña sensación seguía en ella, sentía cómo su pulso se aceleraba, su respiración también, como una cierta agitación. Así, con la mente revuelta, apareció en la puerta de su casa.

No había nadie, entró y sólo atinó en ir al baño y tomar un duchazo de agua helada para calmar el bochorno que sentía.

 

 

INSPECCION MÉDICA

 

 

Durante los siguientes días Elsa siguió acudiendo a clase descalza, iba y venia todos los días por el terreno lleno de gravilla que daba a su casa, y se aseguraba de limpiarse en el felpudo para no manchar el suelo. Durante estos días solo su padre la había azotado sus pies, pero sólo en un par de ocasiones, en el colegio, salvo las burlas, las humillaciones de sus compañeras, no había sufrido castigo alguno; aunque hubiera gente que tirase chinchetas a su paso, clavarse dos o tres chinchetas no tenia comparación con recibir 60 azotes en sus lastimados pies. Incluso había ido a las clases de gimnasia, y había tenido que hacer los ejercicios con el chándal y completamente descalza. Había corrido por el parque, descalza, sintiendo las piedras y la arena clavarse en sus pies, había subido la cuerda descalza, incluso había tenido que jugar descalza al fútbol y al baloncesto.

Todos los días, al llegar a casa, se los limpiaba bien y se quedaba sentada en su cuarto a que su padre volviera y le inspeccionase los pies. Si no estaban limpios, la azotaba diez veces, y eso fue lo que paso ayer, y por lo que hoy le dolían los pies. Su padre ayer la azotó con una fuerza desmesurada, y hoy la costaba andar terriblemente. A todo esto se sumaba el calor sofocante, anormal para aquella época del año y que se había adelantado un par de meses, que empezaba a hacer en la calle, y que el asfalto, cada vez más y más caliente, comenzaba a lastimar sus pies.

Así, entre burlas de sus compañeras, las cuales ya no recordaban el espectáculo de sus pies azotados por el director ante ellas, Elsa cumplió el primer mes de su castigo el 23 de marzo.

Aquel día 23, a la hora del recreo, Elsa bajó como siempre al patio pero se quedó sentada, en unas escaleras de una esquina, mirando al vacío y de vez en cuanto a sus pies, sucios, con mugre entre los dedos y bajo las uñas, por el camino de grava que pisa cada día. Sin importarla que la mirase nadie, la muchacha se cogió un pie, lo pus encima del muslo de la otra pierna y admiró la suciedad de sus plantas, y el color blanco de sus arcos delicados, donde su padre ayer descargó su ira, vislumbrando aun marcas rojas. Se pasó el dedo por todo el pie, notando la suciedad, y la dureza de sus pies. En solo un mes, se habían endurecido, y quiso ponerse a llorar, ¿quien querría tocar unos pies así alguna vez? Y recordó cuando el director la masajeo los pies con aquella crema, y un latigazo de excitación recorrió su cuerpo, desde su entrepierna, enviando una señal a todas las partes de su cuerpo Rápidamente se levantó y fue corriendo al cuarto de baño del patio, estaba excitada, muy excitada. Pensar en el directo masajeando sus pies la había excitado, no sabia porque, pero así era, y necesitaba soltar esa excitación. Así pues, como ya había echo alguna vez, entro en el baño del patio, se cerró en una cabina y bajándose la falda y el tanga empezó a pasar su dedo índice por la raja depilada de su sexo, introduciéndolo levemente y sacándolo, acariciando con la yema su clítoris. Estaba mordiéndose el labio inferior, para evitar gemir, cuando la puerta de la cabina se abrió y ante ella apareció García con tres chicas más, asustada, Elsa se detuvo y trató de subirse el tanga, pero García había pisado el mismo que estaba en el suelo, y Elsa no podía subirse ni el tanga ni la falda.

-- Déjame en paz, ¿no me has causado ya muchos problemas?

Elsa temía que García la robara la falda y el tanga. ¿Qué pasaría si eso ocurría? ¿La obligarían a ir desnuda a clase?

-- Sujetarla.

A la voz de García, las otras chicas agarraron a Elsa y mientras la tapaban la boca y la sujetaban los brazos, García cogió los pies de Elsa, al hacerlo, la falda y el tanga quedaron abandonados en el suelo del baño, y ante los ojos de Elsa, que trataba de liberarse sin éxito, García sacó un mechero del bolsillo y un cigarro, lo encendió, dio una fuerte calada y apoyó la punta en la planta del pie de Elsa. La chica, aulló sin emitir sonido alguno, pues tenía la boca tapada. García siguió dando caldas a su cigarro y quemando los pies de Elsa con la punta, mientras Elsa, lloraba, sintiendo como la punta del cigarro quemaba sus pies, trataba de librarse agitando las piernas, García encendió el mechero y pasó la llama por la planta de su pie, Elsa lloraba de dolor, y en su fuero interno, sentía que su clítoris estaba a punto de estallar, ¿acaso la estaba gustando aquello? hasta que lo apagó violentamente en el centro del arco. Cuando acabó, soltó los pies de Elsa que cayeron encima de la falda y el tanga. García se agachó, los recogió y dejo a Elsa encima de los muslos únicamente la falda, a continuación se bajo ella sus braguitas y poniéndose encima de los pies de Elsa, cogió uno de ellos y se lo pasó por su pubis. Elsa notaba el vello de su compañera, y como el coñito de esta se abría más y más hasta que sus dedos entraron en parte en el sexo de la chica, y asqueada, Elsa se dio cuenta de que aquello la gustaba. Casi sin darse cuenta, notó que algo tibio recorría sus pies, y mirando, pudo ver que García la había soltado el pie y se estaba orinando encima de los dos pies mientras se reía. Cuando acabó, las chicas la soltaron y salieron de la cabina dejando sola a García.

-- Lávate los pies cuanto antes, no querrás que te castiguen por guarra, ¿verdad?

>> Oh, y vístete dando gracias de que no me haya meado en tu ropa.

-- Dame el tanga.

-- No. Si vas descalza, ¿qué más da que vayas con el coño aire?

García se rió, sacó el mechero y prendió fuego al tanga, el cual tiro después al suelo, encima de sus orines. Elsa la miraba con lágrimas en los ojos, no por el dolor de los pies, pues apenas la dolían, sino por la humillación continua que estaba sufriendo, y que sabía, sufriría. Cuando el fuego se acabó, el tanga estaba totalmente quemado, y García tiró el resto al inodoro de la otra cabina.

-- Por cierto, yo que tu trataría de asearme bien, a la vuelta a clase, tenemos revisión médica.

Elsa palideció. El año pasado, el medico la metió mano, sabia que se lo hacia a todas, y la mayoría se dejaba, el resto, como ella, por miedo, se callaba. García sonrió mirándola.

-- Eres patética. Y voy a gozar contigo este curso, vas a desear morir.

Y dicho esto, se marcho, mientras Elsa, en silencio, con cuidado se secó los pies con papel higiénico y se vistió. Fue cuando se dio cuenta de que en su dedo había sangre. Era con el que se había masturbado, entonces comprendió, le había venido la regla, y no tenia ningún tampón ni compresas. Se había adelantado, sin duda por el stress de los últimos días, y las humillaciones. Y hoy tenían revisión médica. Sabía que se hacía en dos días, sólo esperaba que a ella la tocase mañana, al menos podría ir con un tampón, aunque, eso era lo de menos. En la revisión han de quedarse siempre desnudas, únicamente con las braguitas puestas, y ella no tenia nada que ponerse, así que el doctor la vería su sexo, depilado, y cada vez más abierto de la excitación. Elsa salió del baño y subió corriendo a clase. Llegó cuando sonaba el timbre, se sentó en su pupitre y esperó a que llegase el profesor, todavía con la sensación aquella, cuando García la quemaba las plantas de los pies, y ella se excitaba, y pensaba que se estaba convirtiendo en una puta.

 

 

Cuando entró el profesor, lo hacia acompañado del director del centro. Todas las alumnas se pusieron en pie, y saludaron a su director, este las indicó que podían sentarse.

-- Como algunas sabéis, hoy tenemos revisión médica.

-- Iréis doce chicas de esta clase a al revisión de hoy, de una en una, según os vaya llamando el profesor.

-- García, usted será la primera.

Sonriendo, García salio de la clase mirando a Elsa con cara de satisfacción. Elsa sabia que García había disfrutado sintiendo su pie en su coño, sabia que a García le gustaban las mujeres, y estaba segura, que le daría igual que el médico la metiera mano ahora, es más, seguro que lo deseaba. Igual que Elsa deseaba acabar de estar en ese colegio, salido del infierno.

El tiempo pasó tan rápido que Elsa no pudo realizar ni el primer ejercicio que había mandado el profesor, cuando garcía volvió. Una vez se sentó en su pupitre, el profesor miró a la clase.

-- Elsa Riquelme. La siguiente.

Elsa se quedó petrificada, no quería ni moverse. Miraba fijamente adelante, y sus pies no querían andar.

-- Señorita Riquelme, su turno, levántese. ¿O prefiere discutirlo con el director?

-- Asustada. Elsa se levantó, y arrastrando los pies, salió de la clase, aguantando las lágrimas, y fue hasta el despacho del doctor.

 

En el despacho del médico había una camilla, una mesa con dos sillas, un biombo y un póster con letras de diferentes tamaños. En un pequeño armario, estaban todos los instrumentos que usaba el doctor. Cuando Elsa entró, se quedó de pie frente a la mesa del doctor, el cual la miró a los pies y sonrió.

-- Elsa, la chica descalza. – sonrió. – Bueno. Vaya desnudándose.

Con miedo, Elsa se quitó la blusa, no llevaba sujetador, pues sus pechos eran muy pequeños, y no hacia falta. Dejó la blusa encima de una de las sillas, y antes de seguir titubeo.

-- Señor… Verá es que…

-- ¿Si?

-- ¿Le importaría si me dejo a falda? Es que estoy con la regla, y me acaba de venir y no tengo protección, así que,,,

-- Quítese la falda.

Elsa dudó. La mirada del doctor era más lasciva que la del director cuando le azotaba los pies. Con las lagrimas a punto de salir de sus ojos, Elsa se desabrochó la falda y la dejo deslizar por sus piernas, mostrando su pubis depilado al doctor, el cual abrió los ojos todo lo que pudo y disimuló una sonrisa.

-- Es usted toda una cerda señorita Riquelme. Presentarse sin ropa interior.

-- Yo, me la…

-- ¿Robado? ¿Igual que sus zapatos. Oh, veremos que opina el director de todo esto.

-- ¡No por favor!

El doctor sonrió.

-- ¿No?

-- No le diga nada, yo… Haré lo que me pida.

El doctor sonrió, se levantó, y se situó tras Elsa, allí, paso sus brazos por detrás de ella ya la apretó los pechos, la muchacha, cerró los ojos y apretó los labios.

-- Creo que tendré que examinarte a fondo, y enseñarte a comportarte como una buena chica.

Elsa reprimió un gemido de lastima. La presión seguía en sus pechos, y los pezones se la estaban endureciendo, así como su sexo mojando, mezclando sus flujos con la sangre, la cual notaba en sus labios vaginales y que pronto correería por sus piernas.

 

El medico se alejó de Elsa y se sentó en un taburete.

-- Ponte sobre mis rodillas tumbada.

Elsa abrió los ojos.

-- ¿Qué va a hacerme?

-- Darte unos azotes, eres mala, consentida, guarra… tengo que corregirte, o yo, o el director. Elige

Elsa no dudo, tenía pánico al director, y si este actuaba, después seria su padre, y eso ya la daban ganas de morirse. Así que se acercó hasta el medico y se tumbo sobre sus rodillas, y sin darse cuenta, de pronto, sintió un tremendo azote en su nalga derecha que la hizo chillar, a continuación otro en la izquierda, y la advertencia de que si chillaba sería peor, así que, uno a uno, Elsa fue recibiendo azotes, cada cual mas fuerte, en su culo, mientras apretaba los dientes y lloraba en silencio. No sabia cuantos azotes había recibido cuando el tormento cesó. El doctor la hizo levantarse, y Elsa, con el culo dolorido, y llorando le miró a los ojos.

-- Túmbese en la cama. Voy a inspeccionarla.

Elsa obedeció, se tumbo en la cama, boca arriba, y el doctor acerco un flexo, lo encendió y sin ningún cuidado, abrió los labios del sexo de Elsa, la cual consiguió reprimir un grito de dolor. El doctor siguió con dos dedos en el coño de Elsa, la joven estaba dividida entre el horror y el gozo, aquello la humillaba, la dolía, y sus lágrimas de dolor se mezclaban con sus pensamientos de excitación, y así, sin darse apenas cuenta, se corrió, pero el doctor no dejo de tocarla.

-- Creo que tendré que revisarla a fondo, parece usted muy enferma. Puede que tenga que perder tiempo con usted.

Elsa gimió, era de placer, y el doctor lo supo, porque sonrió y metió otro dedo más en el coño de la joven. Elsa se tapo la cara con el brazo y gimió, esta vez más fuerte, su deseo era incontrolable, ese movimiento en su vagína, la mezcla de la sangre con su flujo, el recuerdo de su pies en el coño de García, la tortura de ésta en sus pies… Elsa no pudo más y volvió a correrse, lanzando un gemido de placer, que acabó en dolor cuando sintió como la mano salía de golpe y la azotaba en su coño abierto, uno, dos, tres golpes, y el medico cesó el tormento.

Entonces, cuando Elsa creía que todo había acabado, el doctor la subió las piernas y comenzó a azotarla fuertemente en el culo y en la raja de su sexo. Estuvo así cinco minutos. Elsa, gemía de dolor, y de placer, confusa, herida, excitada, su coño, empapado de sangre y flujo vaginal, estaba chorreando. Entonces sintió presión, era algo blanco, y que entró con facilidad, y noto algo colgando desde dentro de su coño. El medico la había puesto un tampón. Tras eso, la volvió a azotar cuatro veces la raja de su sexo y después, con una toalla húmeda la limpió la zona de la sangre que se había salido de su sexo.

-- Túmbese boca abajo.

Elsa obedeció. Al hacerlo, noto como la cogían el pie derecho.

-- Huele a orina señorita. ¿Acaso se meó encima?

Resignada, sabiendo que de nada valía explicar, llorando, Elsa asintió.

-- Es usted una autentica cerda.

El médico fue a su mesa y saco de su cajón una pala de cuero flexible, Elsa, que lo vio, cerró los ojos y apretó los dientes. Las lágrimas la caían desconsoladamente por su rostro. Sin darla tiempo a reaccionar, el medico la cogió el pie izquierdo por el tobillo y la golpeó en la planta con la paleta, la joven trataba de ahogar los gritos de dolor, el cual era insoportable, mientras seguía llorando, y a cada azote, más fuerte que el anterior, Elsa noto que en su interior, en su sexo, algo la decía que aquello la estaba gustando aunque la doliera, y que ese dolor era excitante. 20, 30 golpes, hasta 40 en su pie izquierdo, que después recibió en igual cantidad su pie derecho. Cuando por fin acabó se sentó en su mesa.

-- Bájese y siéntese frente a mi.

Elsa, con el culo ardiendo, su sexo hinchado e igualmente ardiendo, y los pies escocidos, se acercó arrastrando los pies y con la cara llena de lágrimas, hasta la silla frente al doctor.

-- Bien. Esta usted sana. Puede vestirse y marcharse.

-- Gracias – acertó a decir.

-- Señorita Riquelme. Puede que la llame algún día, para una inspección sorpresa, en la consulta de mi casa. – Elsa palideció de terror – He disfrutado mucho, y por lo mojada que se va, se que usted también.

Y cuando Elsa, tras vestirse, salió de la consulta, supo que así era. Había disfrutado con cada azote en su culo y en sus pies, había dolido, pero la había gustado, y eso, la hizo llorar más aún. Lentamente, mientras se calmaba, apenas levantando los pies del suelo para andar, casi arrastrándolos, Elsa llegó hasta su clase. Había estado casi cuarenta y cinco minutos con el doctor, pero a nadie pareció importarle. Cuando se sentó en su silla, su culo la ardió como nunca, puso una mueca de dolor, y reprimió un llanto. La quedaban dos horas para irse a casa, allí, rezaría para que su padre no quisiera hacerle hoy nada. Pero no estaba segura, su padre la inspeccionaba los pies todos los días, y Elsa empezaba a creer que su padre, al igual que ella, disfrutaba con los azotes en sus pies.

 

DE VUELTA EN CASA

 

 

Las dos horas pasaron lenta, muy lentamente. Elsa sentía aún el dolor en las plantas de sus pies, quemadas y azotadas. Algunas chicas notaron las marcas de los azotes y las quemaduras en las plantas de Elsa pero no dijeron nada, ni un comentario. Sólo pensaban qué se sentiría no poder usar zapatos durante cuatro meses y además recibir torturas diariamente en las plantas de los pies... a algunas tal pensamiento las espantó, pero a otras, por el contrario, las excitó. Notaron también que las plantas de Elsa se habían curtido, se veían más gruesas y endurecidas, pero flexibles. El tono ligeramente amarillento de las plantas de Elsa les daba una apariencia de cuero.

El timbre de salida sonó y Elsa sólo atinó a guardar sus cosas y a salir lentamente. La cabeza le daba vueltas mientras recorría el camino de grava que la conducía hasta su casa. Era increíble, la grava ya no la molestaba tanto, no la hacía sufrir tanto. Era incómoda, sí, pero nada más que eso. Sus pies se habían adaptado, se habían acostumbrado a ese camino de piedrecillas afiladas y puntiagudas, sus plantas se habían tornado algo más gruesas y resistentes. De hecho caminar sobre esas piedras se sentía de alguna manera como un masaje, un masaje sensual que la excitaba un poco.

Los pensamientos de Elsa bullían en su mente, desordenados... imágenes, sensaciones, ruidos aparecían y se desvanecían en un torbellino confuso. Placer, dolor, placer, humillación, vergüenza, excitación, más dolor... todo era una mezcolanza, y sin darse cuenta Elsa se excitaba cada vez más, sobre todo al recordar cómo García le había quemado las plantas de los pies con el cigarrillo y el mechero, y cómo el doctor le había azotado las plantas con salvaje placer. El fuego había quemado sus plantas curtidas, sin hacerle realmente daño pero causándole un dolor intenso, casi insoportable...de no haber sido porque mantuvieron su boca tapada hubiese lanzado gritos de dolor mientras García se complacía quemándole los pies...gritos de dolor mezclados con aullidos de placer. Si, se estaba convirtiendo en una puta, con estupor Elsa había descubierto el día de hoy que realmente el sufrir dolor en las plantas de sus pies la excitaba tremendamente. El clímax había llegado cuando el doctor se las había azotado.

Casi sin darse cuenta, Elsa ya estaba parada frente a la puerta de su casa. Abrió y se fue a su habitación. No había nadie. Se metió a la ducha y estuvo largo rato bajo el chorro de agua helada, esperando calmarse. No dio muy buen resultado. Aún húmeda, se sentó en la cama y cruzó un pie sobre la rodilla opuesta, para examinarse la planta. Las marcas de los azotes casi se habían desvanecido, pero se notaban varios arañazos aquí y allá, causados por las afiladas piedrecillas del camino y seguramente por más de un pedazo de vidrio roto suelto por allí. Además notó las quemaduras del cigarrillo de García: puntos rojos aquí y allá decoraban sus plantas curtidas. Tocó las quemaduras y sintió dolor nuevamente... era terrible. Sin embargo lo deseaba, así que siguió presionando con sus uñas sobre las marcas de las quemaduras. Sus plantas estaban tan duras que ni siquiera se le habían ampollado, pero sí enrojecido.

Elsa siguió así durante media hora. “Estoy loca”, pensó, mientras abría el cajón de su velador y cojía los fósforos y una vela... con cuidado, como si fuese un ritual, casi como si no fuese ella sino como si estuviese viendo a alguien más, encendió la vela, untó un poco de aceite de bebé en sus plantas y empezó a dejar que la llama lamiese sus plantas, lenta, lentamente... tuvo especial cuidado de no quemarse la parte de los arcos, donde la piel aún era suave y delicada, ni la parte de los dedos... pero con furia, con locura y además con placer, dejaba que la llama lamiese lentamente la piel de sus plantas... sintió el calor acumulándose, pasando de ser algo tibio y agradable hasta ser intenso y torturador... no reprimió un grito de dolor y retiró la vela, para dejarla quemar la otra planta...increíblemente se pasó así una hora, literalmente friéndose las plantas de los pies mientras se acariciaba sola. El sudor cubría su rostro y su respiración era agitada, lágrimas rodaban por sus mejillas, pero ella seguía, insistía en torturar sus pies desnudos e indefensos, como si subconscientemente sintiera que estaba castigándolos, que el sufrimiento y la sensación de culpa que la embargaba era por culpa de ellos, sus pies... agotada, tiró el pequeño pedazo de vela que había quedado, extinto ya. Tan pequeño que casi le había quemado los dedos de la mano. Se tiró boca abajo en la cama, con los pies colgando del borde, llorando de dolor, de placer, sintiendo el ardor intenso, la quemazón que nacía en sus plantas castigadas y que recorría todo su cuerpo. Se sentía sucia, ¿cómo era posible que el dolor la excitase a tal grado? ¿Por qué sentir dolor, hacer sufrir a las plantas de sus pies le daba tanto placer, en qué clase de monstruo se había convertido?

Luego de unos minutos, ya más calmada pero aún sintiendo un ardor tremendo en sus pies, se sentó y revisó sus plantas. Vaya, sí que había hecho un buen trabajo. A excepción de sus arcos, sus plantas tenían un tono de rojo brillante y parejo. El aceite les daba un brillo casi mágico, como barniz, mientras que la piel de sus plantas lucía enrojecida, quemada... era gracioso, sus plantas se veían bonitas así, rojas, con sólo sus arcos blancos. “Estoy loca” pensó nuevamente... Se vistió como siempre: unos shorts de jean azul deshilachados y una camiseta de algodón de manga corta. Se dirigió a la cocina y empezó a hacer las labores, lavar los trastes, barrer, ordenar la casa...todo descalza. Sus plantas le dolían a cada paso. A ratos, el sufrimiento era tal que tenía que detenerse a acariciar su cuerpo, sus pechos, su sexo... era justo, ¿no? Darse un poco de placer como premio al dolor que sus plantas sufrían. Era como un trato: sus pies entregados a cambio del resto de su cuerpo, hacer sufrir a sus plantas de manera salvaje para darle placer, también salvaje, al resto de su ser. Tenía cierta lógica después de todo. Había que mantener un equilibrio, así que si sus plantas iban a sufrir tanto dolor, su cuerpo debía gozar de un placer igual de intenso para mantener la cordura.

Estaba ensimismada en estos pensamientos, absorta, cuando sintió la puerta abrirse. Era su padre, que llegaba enfundado en su traje elegante y portando su maletín ejecutivo de fino cuero.

-- Hola hija, saludó. Veo que has hecho la limpieza a conciencia. Me da gusto que estés aprendiendo.

Dicho esto, se acercó a Elsa y le levantó un pie. Estaba sucio, como era lógico. Le revisó el otro pie y la dejó en silencio. Parecía que su padre estaba de buen humor, o que realmente estaba complacido por la limpieza de la casa. Lo que Elsa no sabía era que su padre había conocido a un “amigo”, un tipo de mucho dinero al que le gustaba el BDSM y que estaba en búsqueda de una esclava. Y él, el Señor Riquelme, tenía al prospecto perfecto. Era una buena manera de deshacerse del problema y la vergüenza, de desaparecer a la causa de sus desdichas desde que había nacido y además de cumplir su palabra de que Elsa nunca más usaría zapatos. Sí, Elsa sería una esclava, sería entrenada, sería una pertenencia... y permanecería descalza el resto de sus días, sus pies nunca más sabrían lo que era el calzado.

Pero Elsa ni imaginaba lo que el futuro le deparaba. Al contrario, había tomado la ausencia de castigo como buen humor de su padre, que en cierta medida lo era, y como señal de que las cosas se estaban arreglando, de que dentro de tres meses volvería a usar calzado. Era gracioso, antes se complacía en andar descalza, pero ahora, que no tenía opción, extrañaba usar zapatos, o al menos de vez en cuando. Realmente, fuera de los castigos, no era tan malo andar descalza. Sí, tenía bonitos pies y lo sabía, y un par de veces mientras andaba por la calle había notado cómo los muchachos algo mayores que ella la miraban y se relamían de gusto. Elsa se había dado cuenta que ir descalza la hacía más sensual, más atractiva y provocadora. Era como ser rebelde, como retar las convencionalidades de la sociedad. Seguro los chicos pensarían que era medio hippie o excéntrica, pero jamás hubieran imaginado que esa guapa chica que andaba sin zapatos por las calles, con aquéllas plantas perfectas y sucias, iba así cumpliendo un castigo. Y de seguro, si lo hubiesen sabido, Elsa les hubiese resultado aún más atractiva.

-- Ten, póntelos- Dijo su padre, entregando a Elsa un paquete.

Elsa lo abrió sin decir nada y encontró una especie de pulseras de cuero, como tobilleras. Era obvio, eran para sus pies. Sin decir nada, pero a punto de llorar, vigilada por la atenta mirada de su severo padre, Elsa ajustó las correas en sus tobillos. Eran negras, como de unos cuatro centímetros de ancho, hechas de un cuero flexible y suave por ambos lados. Su padre se retiró y la dejó sola, luego de decirle “Las usarás todo el tiempo”. Elsa sólo atinó a verse los pies, observando sus tobillos “decorados” por esas correas de cuero. “¡Parezco una esclava!” dijo para sí, y esa palabra, “esclava”, recorrió todo su cuerpo y la excitó. Sí, era una esclava: una esclava de su padre, del director, del doctor...de sus amigas. No tenía escapatoria, no tenía opción. Era una esclava siempre descalza... ¡Siempre! Era una palabra que cubría tanto tiempo...siempre. Elsa tomó conciencia y recordó las palabras de su padre: “Estarás descalza de por vida”, le había dicho él, y Elsa se dio cuenta de que había hablado, como siempre, en serio... ¡de por vida! Recordó el momento en que quemó todos sus zapatos y calcetines, para luego caminar sobre las cenizas ardientes... y lloró, lloró de dolor, lloró de humillación, lloró de vergüenza.

Se fue corriendo a su habitación y se tumbó en la cama, llorando. Al rato, furiosa, tiró las botellas de refresco que tenía en el baño y las rompió en el piso, en mil pedazos. Como loca, empezó a caminar sobre las astillas, sobre los pedazos de vidrio rotos, a saltar sobre ellos....estaba furiosa consigo misma, furiosa con sus pies que le habían causado tantos problemas... saltaba y saltaba sobre las botellas rotas, sintiendo el vidrio quebrarse bajo sus plantas...exhausta y llena de dolor, sintió nuevamente el placer, la excitación... el castigo, el sufrimiento no hacían sino excitarla más. Se fue a su cama nuevamente, más calmada ya y examinó sus pies. Aquí y allá habían algunas cortadas, no muy profundas. Un poco de sangre salía de alguna de ellas, e incluso algunos pedazos de vidrio se le habían enterrado en la piel. Arañazos, cortes poco profundos... ¡nada más! En el mes que había permanecido descalza sus plantas se le habían curtido a tal extremo que, si bien sentían el dolor del vidrio punzándolas, no sufrían ningún daño mayor. Bueno, después de todo era afortunada...en ese momento de locura Elsa hubiese podido hacerse más daño, su padre hubiese tenido que llevarla al hospital y ... y no quería imaginar el castigo que le esperaría luego. Le dolían las plantas y estaba agitada, pero no había ningún daño serio. Sólo atinó a dormirse sintiendo cómo los pies le palpitaban, y empezó a tener sueños extraños en los que era prisionera en una mazmorra y verdugos encapuchados le azotaban las plantas de los pies, se las quemaban con hierros al rojo vivo y la hacían caminar sobre brasas ardientes. Sólo uno no llevaba capucha, un hombre de aspecto adinerado, distinguido, como de unos treinta y tantos años, que parecía ser el jefe...no, el dueño de todo eso, y que se complacía mirando cómo le torturaban los pies a Elsa... el sueño cambió y se imaginó haciendo el amor con ese hombre mientras los verdugos continuaban quemándole las plantas de los pies... Agitada, sudorosa, se despertó. Era media noche y sólo atinó a tomar una ducha helada.

 

 

FIN DE SEMANA

SABADO

 

El sábado, su padre despertó a Elsa temprano. Muy temprano, a las seis de la mañana, cuando hoy no había salido el sol. Elsa, asustada, temiendo algún castigo, se levantó de la cama como un resorte cuando su padre la llamó desde la puerta del cuarto. El hombre encendió la luz y se acercó a su hija. La miró de arriba abajo, se fijo en sus pequeños y hermosos pies, y sonrió, pensando en lo que la esperaban ese fin de semana, y que su hija aun no podía ni siquiera imaginar. El padre sonrió aun más, mientras, Elsa, asustada, aguantaba las ganas de llorar. No sabía que le ocurriría, y ese miedo, era mayor que el esperar un castigo sabido.

-- Hoy será un día especial. Quiero que te bañes, te laves bien, por todas partes, a conciencia. Quiero que te depiles bien las piernas, el pubis, las axilas. Y después, te vistas con lo que te deje encima de la cama. Hoy podrás ir sin las tobilleras de cuero. Siéntate en la cama, quiero ver como tienes los pies.

Elsa obedeció y se los mostró. El padre frunció el ceño al ver los cortes en las plantas del pie de la muchacha, los mismos que ella se había inflingido la noche anterior, y las quemaduras echas con el aceite y la cera. Pero no dijo nada, solo sonrió y se fue de la habitación. Cuando llegó a la puerta se detuvo y se giró volvió mirando a Elsa.

-- Tienes que estar lista en una hora.

Y dicho esto, se marchó.

Elsa, asustada, temerosa de lo que la esperaba, fue hasta el cuarto de baño y llenó la bañera de agua templada. Se quitó el pantalón corto de pijama y la camiseta con las que dormía y se metió dentro lentamente y se dejó caer, relajándose. Por momentos se olvido de todo lo sucedido en los últimos días. Solo se acordó cuando comenzó a lavarse y pasó con la esponja por la raja de su sexo, dándole ganas de masturbarse pensando en lo que le habían echo ayer García y el medico. Pero decidió que no debió de masturbarse, tenia que hacer lo que le dijo su padre, y así, se puso de pie en la bañera, y con una cuchilla de afeitar comenzó a rasurar el vello que comenzaba a aparecer levemente en su sexo, en sus piernas y bajo sus brazos, hasta quedar suave por completo. Después se pasó al esponja por todas partes, frotando bien en sus pies, sobretodo en sus plantas, produciéndola un escozor que empezaba a encontrar satisfactorio y excitante. La daba miedo pensar que se excitaba con la tortura de sus pies. ¿En que se había convertido en apenas unos pocos días? En una puta de gran calibre.

Cuando hubo terminado, se envolvió en una toalla y regresó a su cuarto. Su padre estaba sentado en el borde de la cama esperándola. Eso la sorprendió.

-- Siéntate a mi lado.

Asustada, Elsa obedeció. Fue despacio hacia la cama, apretando al toalla contra si para que no se cayera y se sentó junto a su padre. Este, enseguida la tomó un pie, se lo puso en sus muslos y cogiendo un bote del suelo le empezó a untar una crema relajante y calmante en los pies. Elsa no se lo podía creer, su padre la estaba masajeando los pies, y esa sensación de suavidad y dulzura en sus lastimados pies la estaba excitando, tanto que a punto estuvo de llevarse su mano derecha al coño cada vez más abierto, pero se contuvo. Poco a poco sintió que sus pie se relajaba, se dormía, se ponía de nuevo suave, que el dolor desaparecía, y pronto, su padre, dejó ese pie y realizó la misma operación con el otro, en silencio en todo momento, haciéndole a Elsa que el momento fuera tremendamente placentero. Cuando por fin acabó, su padre se levantó y salió de la habitación volviendo después con una bolsa.

-- Pónte esto, salvo orden contraria, lo llevaras todo el fin de semana. El domingo cuando te acuestes me las devolverás y no las volverás a ver hasta nuevo aviso. De momento no te pongas nada más. Cuando estés lista, baja al salón. Son las siete. Mis invitados vienen a las ocho. Estarán aquí todo el fin de semana. Si quedan contentos, tal vez vuelvan la semana que viene. Aprisa niña tonta.

El padre de Elsa le dio la bolsa a la chica y salió de la habitación. Elsa sacó el contenido con curiosidad. Dentro había una camiseta blanca de tirantes y unas medias ¿unas medias? No iba a estar descalza del todo, aquello la produjo una enorme alegría, quizás su padre, al fin y al cabo, estaba empezando a pensar que ya había sido suficiente castigo, y quería probar como se comportaba la chica en esa situación. Si así era, Elsa trataría de no enojarle por nada. Con la mayor ilusión de toda su vida, Elsa se enfundó las medias en sus piernas, entrando como un guante y después se las acarició. Se sentó en la cama y acaricio sus pies, besándose las plantas y pasando la lengua por todo el pie, lascivamente mientras se acariciaba la rajita de su coñito por encima de las medias, sintiendo que se corría, mojando la suave tela de las medias, sin recordar las palabras de su padre: “Mis invitados vienen a las ocho. Estarán aquí todo el fin de semana. Si quedan contentos, tal vez vuelvan la semana que viene “

Aun con el coño mojado y las medias igualmente empapadas donde su rajita, Elsa bajó las escaleras despacio. Los pies no la molestaban, y la sensación de tener algo, suave y casi imperceptible, entre el suelo y sus pies, era maravillosa. Recordó porque la gustaba andar descalza, y se convenció a si misma, que alfin y al cabo, había conseguido lo que siempre había querido, andar descalza, aunque tuviera que pagar precios altos por ello en muchas ocasiones, cosa que también, al final, agradecía, pues la excitación que sentía cuando sus pies sufrían, era cada vez mayor.

Su padre, vestido con una camisa y un pantalón, estaba sentado en el sofá del salón. Elsa, se situó frente a su padre y poniéndose de puntillas giró sobre si misma lentamente, mostrándole como le quedaban las medias, las cuales le llegaban hasta poco más arriba del ombligo.

-- Preciosa. Perfecta. –el padre sonrió.

>> Siéntate a mi lado, apoyando los pies en mis muslos.

Sin decir nada, Elsa obedeció. Se sentó en el sofá y estirando las piernas apoyó los pies en los muslos de su padre. Este comenzó acariciar la planta de los pies de la muchacha y a apretarlos masajeándolos. Elsa cerró los ojos y apenas consiguió reprimir un gemido.

-- Te gusta ¿verdad mi pequeña zorra?

-- Si…. – Elsa se estaba dejando llevar, aquello era delicioso, un masaje en sus pies, un masaje. Después de tantos azotes y calamidades, aquello era gloria, y sin darse cuenta de que lo hacia, metió la mano por dentro de sus medias y se separó los labios del coño para acariciarse el clítoris, gimiendo mientras su padre le daba el masaje – Siiii, si me gusta.

Entonces, cuando estaba a punto de corrérse su padre dejo de masajeárselos y la abofeteó la cara. Elsa entonces, rápidamente sacó la mano de dentro de sus medias y se ruborizó tanto que su cara parecía un tomate.

-- ¡Puta! Te juro que te arrepentirás de ser lo que ahora eres.

El padre de Elsa se levantó del sofá, la cogió del brazo y la tiró al suelo, la muchacha estaba muerta de miedo. Su padre comenzó a quitarse el cinturón cuando sonó el timbre de la puerta.

-- Creo que mis invitados se han adelantado. Levántate y ve a abrir.

-- Si papá.

Aprisa, sin importarle que fuera quien fuera iba a verle desnuda, solo con esas medias puestas, Elsa fue a la puerta, y abrió sin preguntar. Ante ella había tres chicas, las tres vestían exactamente igual que ella, con solo unas medias, y descalzas, llevaban anillados los pezones, y Elsa pudo ver que también el clítoris. Pero lo que la causo más miedo fue el hombre que estaba con ellas, un hombre de aspecto adinerado, distinguido, como de unos treinta y tantos años, el hombre que había visto en sus sueños, el cual la miró de arriba abajo y se detuvo en sus pies, pasándose la lengua por los labios al verlos.

-- Hola Elsa. Bonitos pies. Creo que disfrutare de este fin de semana.

Y el hombre y las chicas sonrieron, mientras Elsa, no conseguía ni siquiera ponerse a llorar a pesar de las ganas que tenia.

 

Elsa y las tres chicas se quedaron de pie mientras el padre de la primera se abrazaba al recién llegado. Las tres chicas miraban a sus pies, pero Elsa lo contemplaba todo, intranquila, nerviosa, atemorizada, solo pensaba en los grilletes de cuero que le dio ayer su padre. Entonces, pillándola desprevenida, los dos hombres se volvieron, y el recién llegado, se le acercó a Elsa y la cogió los pequeños pechos, uno en cada mano, metiéndole las mismas por dentro de la camiseta, apretándoselos, y pellizcándole los pezones después, con fuerza y dureza, clavándola las uñas, haciendo que la joven chillase de dolor y tratara de taparse, lo que conllevo un azote de su padre, que se había puesto tras ella, en su culo con el cinturón.

-- Habrás de hacer todo lo que el señor Horacio te diga durante el fin de semana.

>> Estarás sola con él, y sus tres sirvientes, y habrás de obedecerle, no, de obedecerlos a todos.

-- ¿Me dejaras sola con ellos?

-- Si cariño. Yo mientras, me iré a la casa de Horacio, el no tiene hijas, es muy joven, pero me ha dejado allí a su hermana, igual que yo te dejo a ti a él.

Elsa no acertaba a decir nada, estaba incrédula, su padre la había vendido a otro hombre durante un fin de semana. La joven empezó a llorar, lo que hizo que su padre la azotara de nuevo en el culo, una, dos, tres, hasta cuatro veces seguidas. La joven paró de llorar, solo gemía, y se acariciaba su culo.

-- Vendré el domingo a las diez de la noche. Hasta entonces, será tuya Horacio.

-- Gracias Guillermo.

>> ¿Tengo límites?

-- Piensa que todo lo que tu la hagas se lo haré yo a tu hermana la próxima vez.

-- Y lo que tu le hagas a mi hermana, yo a tu hija la próxima.

-- Así es. ¿Te has traído cámara de video?

-- Si, y cintas suficientes para grabarlo todo. En mi mansión también lo tienes todo listo.

-- ¿Sin limites Horacio?

-- Es tu hija.

-- Tú hermana…

Los dos hombres sonrieron, se abrazaron y se separaron.

-- Sin límites. – Dijo el padre de Elsa – Solo la muerte es el límite.

-- Perfecto. Entonces, que disfrutes.

Y el padre de Elsa se marchó, dejando a esta aterrorizada por lo que acababa de oír, y mirando a Horacio, incrédula.

-- Chicas, traer las cosas del coche. Quiero empezar ya.

-- Si amo.

Horacio se acercó a Elsa y se junto a ella, podía oler el miedo de la joven, y mientras la abrazaba por la cintura trayéndola hacia si, la metió una mano por dentro de las medias y luego metió dos dedos bruscamente en su coño. La joven chilló y empezó a llorar, entonces, Horacio, lamió su cara cogiendo las lágrimas.

-- Asi te referirás a mi este fin de semana. Si, mi amo. ¿Entiendes?

Elsa no podía hablar, estaba paralizada por el terror y el llanto. Entonces, Horacio la pellizco dentro de su sexo y la joven chillo de dolor y angustia.

-- ¡Entiendes putaaa!

-- Si. -- acertó a decir Esa en un susurro

-- ¿Si que?

-- Si mi amo.

Y cuando Horacio sacó la mano del interior de Elsa, estaba manchada de sangre, y dejó que esta saliera del coño de la joven manchando sus medias. Aun no le había parado la hemorragia de la menstruación, y este pellizco se la había avivado. Elsa miraba la sangre recorrerla hasta sus pies por dentro de las medias.

-- Silvia – dijo Horacio a una de las esclavas que venían con él, una morena -- ¿Cuántas medias hemos traído?

-- Mas de veinte señor.

-- Bien. Acompañarla al baño, que se las quite, bañarla bien, lavarla, la quiero bien limpia, que no huela a coño ni a sangre, ponerla un tampón. Después darla unas medias nuevas y bajarla.

-- Si amo.

Y acompañada por las tres chicas, Elsa, doblada por el dolor que la atravesaba su vientre, subió al cuarto de baño, donde la bañarían tres mujeres, mientras temblaba de pánico al no poder imaginar lo que la esperaba. Apenas habían dado las ocho y media de la mañana, y le quedaban más de treinta y seis horas con ese hombre y sus tres esclavas.

Sollozando, muerta de miedo, y tiritando, Elsa aguantó que las tres jóvenes al lavaran y limpiaran. Un estremecimiento la recorrió el cuerpo cuando pasaron la esponja por su sexo, y cuando abierta de piernas, después de secarla, la introdujeron un tampón en su coño, que ya dejaba de sangrar. Cuando estuvo seca, la vistieron con unas medias nuevas y las cuatro bajaron al salón. Allí, estaba Horacio, esperándolas.

-- Bien, bien.

>> Creo que es hora de que mis amigas se diviertan. ¿Quién será la elegida?

>> Tu misma Silvia, puedes empezar.

La muchacha llamada Silvia cogió a Elsa del brazo y la llevo hasta el sofá. Allí, la cogió su pie envuelto en la media y se lo paso por su propio coño, por encima de las medias de ambas, las dos notaron los dedos y el sexo de la otra, y un estremecimiento las invadió a ambas. Entonces Silvia comenzó a chupar el pie de Elsa, pasándole la lengua por la planta, metiéndoselo en la boca, mientras las dos se tumbaban lentamente, Elsa, dejándose llevar, llevo su pie hasta la entrepierna de la joven, y esta el suyo buscando la cara de Elsa, la cual, cogió los dos pies de Silvia y se los pasó por la cara, chupándolos, oliendo el aroma de esos pies tan maravillosos y delicados, chupando sus plantas, sintiendo como chupaban las suyas, pasándoselo por sus pechos, por su sexo, hasta que creía que iba a estallar. Entonces Silvia paró, se puso sobre ella, y bajándose las medias hasta dejar libre su coño, cogió un consolador que había encima de la mesa. Elsa no lo había visto antes, lo habría dejado allí Horacio, al lado había otro, y metiéndose el consolador en el coño, solo la punta, se dio la vuelta y cogió el pie de Elsa, lo puso en la base del consolador y esta, enseguida, empujo hasta que el enrome aparato entro casi entero en el coño de Silvia. Esta gimió, se dio la vuelta y bajó las medias de Elsa como las suyas, entonces, acercándose, la quito el tampón y después introdujo la parte sobrante del consolador en el coño de la joven, y Elsa se corrió al instante. En un enorme gemido de placer. Ambas quedaron exhaustas una sobre otra. Había sido un corto pero intenso y apasionado espectáculo. Horacio se había bajado los pantalones y estaba desnudo de cintura para abajo.

-- Ahora, Elsa, me harás una paja con los pies, pero tu no dejaras de masturbarte el clítoris con el consolador dentro.

-- Si amo.

Silvia se marcho del sofá, subiéndose las medias, mojadas de sexo y pasión, y Horacio se sentó, cogió los pies de Elsa y encerró su polla entre ellos. Esta, empezó a moverlos, a acariciar la punta de la polla de Horacio, el cual, sintiendo la suavidad de las medias, aquellos pies tan maravillosos, los mejores que había tocado nunca, no tardo en corrérse manchando las medias de la joven, Elsa, tampoco tardó en gemir de nuevo. Sin levantarse, Horacio miró a otra de las chicas.

-- Quitarla las medias y prepararla, quiero fumarme un puro, y necesito un cenicero.

Y sin saber que significaba eso, Elsa no dejaba de masturbarse.

 

 

Las chicas obedecieron en el acto y retiraron las medias de Elsa, dejando sus pies desnudos nuevamente. Elsa no paraba de masturbarse ante la mirada atenta de Horacio, quien lenta y pausadamente había encendido un enorme puro, un fino habano. Elsa tenía los ojos cerrados mientras disfrutaba del placer cuando de repente sintió un dolor intenso como nunca lo había sentido antes: Horacio acaba de apagar su puro en la planta de su pie derecho, justo en la parte del talón...la chica gritó pero él la abofeteó diciéndole “¡No te detengas!”. Entre temerosa y complacida, Elsa siguió masturbándose.

El dolor de la quemadura y el placer que sentía se fundieron en su mente, se hicieron uno, como un nirvana. Dolor y placer eran una misma cosa, uno llevaba al otro. Horacio había encendido nuevamente el puro y esta vez arrastraba la punta encendida por las plantas de los pies de Elsa, quien continuaba masturbándose frenéticamente. El puro, sin apagarse, dejaba trazas de piel enrojecida en las plantas. Era algo casi mágico, como si Horacio estuviese realmente haciendo trazos, dibujando en las plantas de los pies de la muchacha con el fuego del puro como si fuese un crayón. Dolor, placer, dolor, placer, dolor, más dolor, más dolor...¡placer! todo se había fundido en la mente de Elsa, el sentir cómo Horacio le quemaba lentamente las plantas de los pies no hacía sino excitarla aún más, hasta que estalló de placer y llegó al clímax al mismo tiempo que Horacio apagaba el puro en la mitad de su pie derecho.

Las plantas de Elsa eran todo un espectáculo, estaban salvajemente enrojecidas, sólo sus arcos permanecían blancos, puros, inmaculados... el resto, si bien no presentaba ni una sola ampolla, estaba completamente enrojecido. Horacio había hecho un buen trabajo, sabía lo que hacía, se notaba su experiencia... claro, no era la primera vez que quemaba las plantas de una chica, de hecho todas sus sirvientas habían pasado por tal experiencia y sufrían ese castigo/premio con bastante frecuencia. Las plantas de Elsa eran ya fuertes y además el ungüento grasoso que su padre les había untado había servido para que se friesen de manera pareja.

-- Siéntate, mira tus plantas -- ordenó Horacio

Incorporándose, recuperándose de todo lo experimentado, Elsa se sentó y empezó a observar sus pies, sus plantas. Casi lloró al ver cómo le habían quedado las plantas de los pies, tan enrojecidas. Las tocó y su cuerpo sufrió un espasmo de dolor, y también de gozo. Aún le dolían, seguían quemadas, se sentían calientes, muy calientes...

-- Sanarán pronto, no es nada -- le dijo Horacio -- y sé que te gusta -- agregó.

Elsa asintió...sí, le gustaba, disfrutaba cuando sus plantas sufrían, cuando se las torturaban. Recordó su sueño de la noche anterior, cuando se había visto haciendo el amor con este hombre enigmático, que la penetraba en sus sueños mientras que los encapuchados no dejaban de quemarle las plantas de los pies... pensó cómo sería eso en la realidad, sentirse penetrada por un hombre que le diese placer inmenso mientras que sus plantas sufrían inmensamente también. ¿En qué se había convertido?

-- Vístete. -- le dijo él, entregándole unos shorts de jean muy cortos y con la basta deshilachada y una camiseta blanca de algodón. -- De ahora en adelante este será tu ‘uniforme agregó.

Elsa se puso las ropas que el hombre le había dado y se miró al espejo. Le gustaba lo que veía. Era guapa, espigada, bien formada. Sus pechos eran pequeños pero firmes, no necesitaban sujetador, se mantenían en su lugar solos, retando a la gravedad. Sus piernas eran largas y torneadas y los shorts las resaltaban aún más, y estaban rematados en esos hermosos pies que tenía, esos hermosos pies castigados, torturados, que jamás volverían a usar calzado...¡JAMÁS!

-- Voy a descansar un rato, eres libre por un par de horas -- dijo Horacio.

La chica sólo atinó a sonreír y comenzó a vagar por su casa. Cada paso le dolía, era una tortura caminar sobre sus plantas castigadas, quemadas, pero increíblemente lo disfrutaba, estaba aprendiendo a convivir con el dolor y a convertirlo en placer, en gozo.

De repente llegó a la cocina y vio a una de las hermosas muchachas que habían llegado con Horacio. La chica estaba sentada en un taburete con los pies a escasos milímetros del suelo, los ojos cerrados. A Elsa le pareció curiosa esa escena y sin hacer ruido y aprovechando que la muchacha no la veía, se acercó un poco... lo que miró la sorprendió: la chica no tenía los pies sobre el suelo, sino apoyados sobre chinchetas. Estaba ejerciendo cada vez más presión y Elsa vio con horror y curiosidad cómo las puntas se le enterraban en las plantas de los pies. Nadie la obligaba, Horacio no estaba allí, esta chica, un poco mayor que ella solamente, estaba torturándose sóla. Aún con los ojos cerrados, la chica se puso de pie y exhaló un leve gemido, mientras se mordía los labios y un par de lágrimas se le escapaban de los ojos aún cerrados. Se había parado de golpe sobre las tachuelas para que estas terminasen de clavársele en los pies. Sonrió, abrió los ojos y se encontró con Elsa mirándole absorta y con la boca abierta a los pies.

-- ¿Te gustó lo que viste? Me llamo Jessica.

 -- Hola....eh....bueno...

-- Sí, lo imagino. Aprenderás a hacerlo tú también, te lo aseguro. Estos son los únicos ‘zapatos’ que se me permite usar -- le dijo.

Acto seguido, Jessica abrió el refrigerador en busca de algún refresco. Elsa no dejaba de mirarla, alelada. La chica parecía caminar sin dificultad a pesar de tener las tachuelas enterradas en las plantas de los pies. Hacía un ruido alegre al caminar sobre las baldosas de la cocina. De repente a Elsa le cruzó por la mente la idea de un caballo con herraduras.

-- ¿Puedo ver? -- le dijo

Jessica no dijo nada. Se arrodilló en el duro suelo, con las plantas de sus pies mirando hacia el techo. Lenta, tímidamente, Elsa se acercó. La muchacha tenía bellos pies. Elsa notó que en cada pie habían enterradas algo de 10 chinchetas, de esas de cabeza ancha y dorada. Instintivamente, acercó la mano para tocarlas. Era increíble, casi mágico sentir esa piel dura, correosa, intercalada por la dureza del metal. Jessica tuvo un espasmo cuando Elsa le tocó los pies pero no dijo nada.

-- Es...hermoso -- dijo Elsa

-- Y duele mucho, te lo aseguro -- le contestó Jessica.-- Pero me gusta, lo disfruto.

Al oír esto, Elsa presionó una de las chinchetas con su dedo, enterrándola un poco más en la planta de Jessica. La muchacha no se movió pero emitió un gemido de dolor y placer.

--Continúa...sigue presionándolas, como si fuesen botones, como si fuesen teclas.

 Elsa así lo hizo: empezó a presionar más y más las cabezas de las chinchetas, se pasó cerca de diez minutos en este juego macabro, al cabo de los cuales y sin ninguna otra intervención, Jessica llegó al clímax, gimiendo de placer mientras las lágrimas le corrían por las mejillas

 

GABRIELA

Guillermo bajó de su auto y entró a la casa. Tenía la llave que le había dado Horacio, así que simplemente abrió la puerta y se sintió como en su casa.

Parecía no haber nadie. Despacio, sin hacer ruido, subió a la habitación principal. Y allí la vio. Era simplemente hermosa: delgada, de buenas curvas, pechos firmes, generosos sin ser exagerados, buen trasero. Piernas largas y torneadas, rematadas en un par de pies preciosos, perfectos. Estaba dormida pese a la incómoda posición en la que se encontraba. Los ojos vendados, vistiendo sólo una camiseta blanca y cortísimos shorts de jean, de esos que los americanos llaman “cutoffs”. Estaba echada en la cama, con las muñecas encadenadas a la cabecera y los tobillos a las patas de la misma. Y a pesar de la incomodidad y del sufrimiento que su hermoso rostro mostraba, se había quedado dormida. Tendría unos veinte años, veintidós a lo sumo. Pelo lacio y negro, cejas bien dibujadas, una naricita preciosa y labios carnosos y rojos. Manos delgadas y bellas. Y sus pies...esos pies perfectos en los que se había fijado ni bien entró a la habitación. Largos, delgados, de arcos pronunciados y talones torneados y finos. Dedos finos, elegantes, femeninos, con uñas perfectamente arregladas.

Este Horacio sí que sabe preparar un regalo, se dijo para sí, en cuanto notó lo que había al pie de la cama. Eso lo explicaba, explicaba el por qué las plantas de la muchacha brillaban y tenían una bella tonalidad rojiza. Antes de salir, Horacio le había preparado a la muchacha. La tortura la había agotado a tal extremo que pese al dolor intenso que seguramente había soportado y que de hecho continuaba sufriendo, como lo demostraban sus dientes apretados, se había quedado dormida.

Al pie de la cama había un brasero, con los rescoldos aún calientes. Estaba hecho a un lado a fin de no arruinar la “fiesta”. Ya había cumplido su misión. Guillermo imaginó la escena y sonrió. En su mente pudo verlo todo, casi exactamente como había ocurrido, casi como si hubiese estado allí o si él mismo lo hubiese hecho. Pudo ver cómo, ayudado por las muchachas, Horacio había encadenado a la muchacha a la cama. Imaginó que ella sonreía a pesar de intuir lo que vendría después. Vio también, en su imaginación, cómo Horacio untaba aceite de bebé en las plantas curtidas de la chica, su hermanastra, realmente, ningún lazo sanguíneo los unía, sólo el hecho de haber sido el fruto de dos matrimonios deshechos y de una nueva pareja resultado de esta ruptura.

Vio también cómo Horacio había encendido el brasero y lo colocaba debajo de una de las plantas aceitadas, atizando las brasas. La chica, seguía sonriendo, pero pronto su cara se convirtió en un gesto de dolor. No, no gritaría, no lloraría, no suplicaría la piedad de su hermanastro, no se rebajaría a ello... apretaba los dientes mientras el aire calentado por las brasas que estaban a pocos centímetros bajo sus plantas aceitadas comenzaban a freírle la piel. Esa piel curtida, dura, de un tono ligeramente amarillento, gruesa pero flexible, que gracias a años de ir descalza se había convertido en un cuero vivo que cubría la parte inferior de estos aparentemente delicados pero bellos y femeninos pies, estaba, literalmente, friéndose. Pero Horacio era un experto en el arte de torturar los pies de una mujer, y además estos pies, esta mujer, su hermanastra, eran su “juguete” favorito. Y él era un niño responsable que cuidaba sus juguetes, que no los rompía para poder seguir jugando con ellos una y otra vez, y también era un buen chico, compartía sus juguetes con amiguitos selectos e igual de cuidadosos como él. Así pues, Horacio había quemado alternadamente las plantas de su hermana hasta lograr arrancarle gritos intensos de dolor, chillidos casi sobrehumanos que nadie pensaría que podrían brotar de una garganta de mujer. Pero no había dejado ni una sola ampolla en esas plantas fuertes. Treinta, sesenta, noventa minutos habrían transcurrido que para esta muchacha habían sido, de hecho, el infierno en la tierra, al sentir cómo sus plantas se quemaban, se achicharraban. Sintiendo el temor de ver sus plantas quemadas, destruidas, pero también y en medio de sus aullidos de dolor tranquilizada al conocer la maestría de Horacio, sabía ella que él jamás dañaría de manera permanente sus pies, su cuerpo. Que sería incapaz de dejarle alguna marca duradera, menos aún una cicatriz. Confiaba en él y por eso se le entregaba de ese modo. Además, el dolor...ese dolor era intenso, la hacía retorcerse y tratar de arrancar las cadenas que la sujetaban firmemente a la cama, pero también ponían sus pezones duros y su sexo húmedo.

La tortura había terminado y la había dejado jadeante, con el rostro cubierto de lágrimas, jadeante. Sus plantas aceitadas y quemadas brillaban con una hermosa y alegre tonalidad de color rojo intenso. Guillermo abrió los ojos, agitado por lo que su mente había imaginado. El brasero, aún tibio, estaba a un lado, su objetivo había sido cumplido ya. La hermosa chica seguía dormida. Guillermo volvió a sonreír al ver lo que había en la otra esquina. Ya no tendría que conformarse imaginando lo que había ocurrido, una cámara de video, con un pequeño DVD envuelto que, como en los libros de Alicia en el país de las maravillas, tenía un letrerito que sólo decía “mírame”. Dejaré esto para después, pensó.

Se agachó a observar, a contemplar, a admirar los pies perfectos de la hermosa mujer que yacía encadenada en la cama. Apreció la blancura de su piel, las venas que apenas se dibujaban, las gráciles curvas de sus arcos, los dedos flexibles y elegantes. Dejó para el final lo mejor, la cereza del martín, las plantas. Seguían aún enrojecidas, brillando bajo el aceite que las cubría y que había servido para prácticamente freírlas. Pese a eso Horacio notó lo gruesas que eran. Algo ásperas, lo que las hacía aún más deliciosas. Endurecidas pero no con callos, no... los callos se daban, aunque parezca mentira, por usar zapatos, y aparecían en uno y otro lugar, en donde la presión y la fricción los hacían necesarios. Esta muchacha, en cambio, no tenía callos. Toda su planta, a excepción de los arcos, tenía un grosor parejo, una dureza y flexibilidad que las asemejaba al cuero. “Hace ocho años que no usa zapatos” le había dicho Horacio el día anterior. “Ocho años”. Sabía que esta muchacha era arquitecta y que ejercía, así que la imaginó asistiendo a la Universidad descalza. Abrazando sus libros y cuadernos, riendo con sus amigas, dando los exámenes, yendo a las fiestas, en fin, haciendo una vida normal de estudiante, todo con los pies desnudos. Luego trabajando en alguna oficina. Su padrastro, el padre de Horacio, era un hombre acomodado e influyente, así que el que esos pies fuesen desnudos todo el tiempo no sería obstáculo para colocar a su hijastra en alguna buena compañía. “Es hábil, muy inteligente” recordó nuevamente las palabras de Horacio. Claro, bella, hábil, inteligente...¿qué importaba si trabajaba descalza o si acaso era marciana? Lo que importaban eran los resultados y esta muchacha los producía y de muy buena calidad, así que su trabajo era apreciado por sus jefes. Guillermo no pudo reprimir el impulso y sólo atinó a besar la planta que tenía más cerca de su rostro. Fue un beso delicado, cariñoso, apasionado. La muchacha sintió la agradable sensación del beso mezclada con el dolor que sufría su planta quemada y abrió los ojos.

-- Buenos días, Amo Guillermo, lo estaba esperando. Soy Gabriela, su esclava por este fin de semana. Mis pies, mi cuerpo son suyos, haga usted lo que le venga en gana.

Repitiendo la fórmula que había aprendido hacía ya un par de años, el saludo que su hermanastro le había enseñado, haciendo cómo él le había instruido cada vez que era concedida en préstamo a algún amigo de su hermano, la muchacha se presentó, todo parecía que sería igual que siempre cuando su hermano le dijo que vendría un hombre ese fin de semana, pero creía que no seria así, ya que nadie le había besado los pies antes. Sintió algo en su corazón, este hombre era especial.

-- Buenos días Gabriela. – Guillermo acarició las plantas de los pies de la muchacha, esta torció el gesto en una mueca de dolor y placer. – Bonitos pies. ¿Te duelen?

-- Un poco, pero es parte de mi educación.

-- Me alegro. Voy a desatarte, quiero que andes un poco.

Guillermo hizo lo que dijo, desató a la joven y la ayudó a levantarse. Al principio, el apoyar los pies en el suelo la resulto una tortura, pero tras unos segundos, pudo hacerlo sin tener ganas de llorar, y apoyando todo el pie en el suelo.

-- Quiero que vayas a la calle, quiero que des diez vueltas a la casa, que corras por la acera, y ensucies tus pies.

-- Si amo.

Gabriela sabia que a esa hora la acera estaría ardiendo, tanto que se podría freír un huevo en ella, iba a ser un doloroso comienzo, y temió haberse equivocado con ese hombre. Salió de la casa y en cuanto piso la acera, noto sus pies arder. Se aguantó un grito de dolor y comenzó a correr alrededor de la casa de Horacio, mientras Guillermo la observaba desde la entrada. Sonrió, se metió dentro de la misma y fue hasta la cocina, allí había un cajón con 24 botellas de cerveza vacías, salió a la entrada de la casa y fue rompiéndolas por el camino que daba al interior de la casa, hasta llenarlo de cristales. Cuando Gabriela acabó, se detuvo ante la puerta de acceso al camino y vio el recorrido casi palideció, sus pies ardían tanto que estaba segura estarían llenos de ampollas, y ahora, veía ese camino de cristal.

-- Crúzalo corriendo, y vete al salón, allí te espero. – dijo Guillermo desde la casa – No me engañes rodeándolo, tus pies han de estar lastimados cuando los vea.

Y cerrando los ojos y apretando los dientes, Gabriela comenzó a correr los veinte metros de cristales que la esperaban, sintiendo como se le clavaban en sus pies y se partían bajo los mismos, llegando al final, casi se derrumba de dolor. Después, casi arrastrándolos, llegó hasta el salón. Lo que vio la paralizó Guillermo había dispuesto un sillón para ella, y había una palangana, de la que salía un poco de humo. Guillermo tenía una toalla colgada de un brazo, y junto a la palangana había un bote de jabón hidratante y una crema igual. Había también otra palangana, vacía y unas pinzas.

-- Ven aquí y siéntate.

Asustada, sorprendida, Gabriela obedeció. Con muecas de dolor por los cristales que tenía clavados en el pie, fue hasta donde estaba Guillermo y se sentó. Vio que en la palangana de la que salía humo había agua, y dentro una esponja nueva. También vio con horror, que había dejado un rastro de sangre tras ella, de sus pies cortados, eso la hizo palidecer.

-- No te preocupes, luego la limpiaras.

Guillermo se arrodilló ante ella y mirándola, la cogió un pie, se lo acercó y miró su aspecto. Los cortes habían llenado el pie de rojo por su sangre, con cuidado, Guillermo cogió las pinzas y la quito los pedazos de cristal que podía ver, hasta que todos estuvieron en la palangana vacía. Cada tirón de un cristal incrustado hacían que Gabriela reprimiera un grito, aunque un par de lágrimas recorrieron su rostro. Después, Guillermo repitió la operación con el otro pie, y cuando acabó, metió este en la palangana con agua. Gabriela se puso rígida, el agua caliente escocia en sus heridas terriblemente y las abría más, aguantó un chillido pero su cara se inundo de lagrimas. Guillermo sacó el pie dejando el agua teñida de rosa y lo secó con la toalla. Ahora pudo ver los pocos trozos de cristal que le quedaban por sacar, cuando lo hizo, cogió el otro pie de la muchacha y lo metió en el agua, causando el mismo efecto en la joven. El agua abría sus heridas, pero limpiaba el pie de sangre haciéndole ver a Guillermo donde estaban los cristales que quedaban, además, al abrirse las heridas, muchos trozos de cristal pequeños caían solos al fondo de la palangana. Cuando acabó, la secó el pie y Guillermo se levantó y se marcho con la palangana. Gabriela cogió entonces su pie y lo miró. Las heridas abiertas no eran profundas, habían incluso lastimado parte de sus hermosos arcos blancos, y era aquella zona donde más la dolía. Aun sangraban, y estaba manchando el suelo de la casa. Horacio la mataría, aunque Guillermo, la había dicho que luego podría limpiarlo. Así haría. En ese momento entro Guillermo de nuevo, con la palangana llena de agua limpia. Se volvió a arrodillas ante ella y la ordenó meter los dos pies dentro. La joven obedeció. El agua, algo más fría, la calmo, la relajó, fue un sedante en sus magullados pies. Y cuando estaba relajada, con los ojos cerrados, notó que la sacaban un pie del interior y algo frío y denso caía sobre su empeine, abrió los ojos, y vio que Guillermo estaba echando jabón liquido en su pie derecho, y después, en la esponja, comenzando a pasar esta por la planta de sus pies, masajeándolo suavemente. Gabriela cerró los ojos, y instintivamente, desabrochó sus pantalones y se metió la mano dentro, buscando su clítoris, Guillermo sonrió con la mirada mientras seguía lavando-masajeando el pie de la chica. Cuando estuvo lleno de jabón, lo introdujo en la palangana para enjuagarlo, y sacó el otro pie, con el que repitió el proceso. Sobre él. Gabriela gemía de placer. Cuando acabó, volvió a meter los dos pies dentro se levantó y se fue, volviendo al poco con una jarra con agua, sacó el pie derecho y vertió parte del agua encima terminando de aclararlo, después lo puso encima de una toalla que tendió en el suelo y se lo secó. A continuación la sacó el otro pie de la palangana y vertió más agua sobre él, después, también se lo secó sobre la toalla. Se levantó y la miró. Sin hablar, se agacho de nuevo, cogió ahora uno de los pies y la empezó a dar una crema relajante en las plantas.

-- Cortará la hemorragia, las cicatrizará y te calmará el dolor durante unas horas.

Gabriela se había corrido y sacaba su mano empapada, mirando a Guillermo se la chupo y le sonrió, este no le devolvió la sonrisa.

-- Entiende una cosa. Te voy a hacer sufrir como nunca podrías imaginar, pero también gozar, tus pies sufrirán castigos que no querrás volver a oír hablar de ellos, pero también los mas cariñosos mimos, como este. No te esperes que cuando se te acabe el calmante te daré más pomada, porque ese será el momento de castigar tus pies.

Gabriela le miraba con pánico. Guillermo terminó de masajearle el otro pie con la crema. Era verdad, estaban calmados, ya no la dolían.

Guillermo se levantó.

-- Ahora levántate, recoge todo esto, limpia la sangre y vuelve a tu cuarto.

>> Oh, y hazlo todo completamente desnuda.

Con ganas de llorar, Gabriela se desnudo y llevó su ropa a su cuarto, luego, volvió al salón y comenzó a recoger lo que había usado Guillermo para lavar y masajear sus pies, par a continuación, con la misma palangana, agua, jabón para el suelo y estropajo, de rodillas, comenzó a limpiar la sangre, mientras Guillermo admiraba esos pies descalzos, con esas suelas ahora laceradas, con esos cortes que ya no sangraban, y que empezaban a ensuciarse.

-- Luego te limpiaré los pies como se los limpio a mi hija – susurró sin que la oyera.

Y dicho esto se sentó a tomarse una cerveza mientras veía a la chica limpiar.

Eran las nueve de la mañana del sábado, y en ese momento, Elsa estaba apretando las chinchetas en los pies de Jessica.

 

BRUTAL TORMENTO PLACENTERO

 

Horacio había observado como Elsa disfrutaba de su castigo entre lágrimas de dolor debido a la masturbación, y sacara provecho de aquello.

Desde donde estaba observaba a Jessica ya Elsa chuparse mutuamente un pie mientras con el otro jugaban en el sexo de la otra, apresando los labios con los dedos, introduciendo cada vez más el pie dentro de la vagína de la otra, cada vez más jugosa y húmeda. Desde allí, por la luz del sol, el jugo vaginal parecía brillar, y aunque Elsa aun sangraba un poco por la menstruación, aquello no parecía importar, menos cuando después intercambiaron los pies a chupar, y cada chupaba sus propios jugos empapando el pie de la otra, a Elsa no le importo lamer el pie de Jessica, manchado de sus jugos y el resto de sangre menstrual. Estaban cambiando el pie a chupar ya a meter en el sexo de la otra cada minuto, entre gemidos de placer. Dos muchachas, chupándose mutuamente una a la otra un pie mientras el otro jugaba con el sexo de la contraria. Horacio estaba tan empalmado que llamó a otra de las sirvientes para que la hiciera una paja, cuando se acabó corriendo, manchando los pies de la joven, esta lamió todo el semen y se lo trago, limpiando luego la polla de su amo de restos. Horacio llamó a la otra chica, y ahora, el y las otras dos chicas veían el espectáculo que Elsa y Jessica ofrecían. No se podía creer que la hija de Guillermo fuera tan lasciva, tan depravada, tan sexual y erótica, y que se desinhibiera de esa manera.

Las otras dos chicas, Silvia y Belén, descansaban sus pies en los muslos de Horacio, Silvia aun llevaba las medias puestas, pero Belén se las había quitado, y en su pie estaban clavadas las mismas chinchetas  que antes en los pies de Jessica. Horacio encendió un nuevo puro y comenzó a apoyar la punta en los pies de Silvia. La media de color negro se quemó abriendo paso a un pie desnudo hermoso, de plantas rojas por una tortura reciente y llena de cortes y arañazos. Horacio la había obligado a andar descalza sobre zarzas por una hora, y la joven sabía que aun tenía astillas dentro de sus pies, astillas que nunca saldrían. El dolor fue aterrador, al igual que la excitación. Ahora Horacio quemaba esos pies, donde ya no había medias, pues estaban destrozadas, entre gemidos de dolor y placer mientras con la otra mano presionaba los botones que eran las chinchetas incrustadas en los pies de Belén. Estaba empalmándose de nuevo, los gemidos de Silvia, Belén, Elsa y Jessica le excitaban, y apagando brutalmente el cigarro en el arco del pie de Silvia, cuando esta soltó un grito de dolor, se corrió. Calmándose más, apartó los pies de Belén y Silvia, la cual lloraba de dolor, sus pies aun no estaban tan curtidos, y menos aun sus arcos, aquello no la había gustado, y dolía de verdad.

-- ¡Parad! – ordeno a Elsa y Jessica. Estas, se detuvieron y se quedaron mirándole, apoyando cada una sus dos pies en la entrepierna de la otra – Elsa, ven y limpia esto con tu boca. – señalo su corrida en la silla y en su pene, la Joven hizo una mueca de asco. – hazlo o lo lamentarás terriblemente, límpialo y trágatelo.

Lentamente, Elsa se levantó y fue hasta la silla, sacó la lengua y la pasó por donde estaba la mancha de semen. Enseguida aquel sabor y textura la hizo sentir como su estomago se ponía patas arriba, y sin siquiera esperárselo ella misma vomitó manchando a Horacio y también sus propios pies. Horacio, sin dudarlo, la abofeteó,  tirándola al suelo.

-- Puta. Te arrepentirás.

>> Jessica, ve al coche, trae la maleta, esta puta va a saber lo que es bueno.

Y Elsa, desde el suelo, llorando, deseó no haber vomitado.

 

 

Estaba sentada en un banco de madera, con los pies sobre una silla saliendo por los barrotes del respaldo, atados fuertemente uno a otro, sin poder sacarlos de su prisión. Completamente desnuda, increíblemente, Elsa había visto como Belén limpiaba sus pies con agua y jabón, dejándolos limpios e impolutos, solo con las marcas rojas de las quemaduras de poco antes. Las chicas se marcharon, dejándola sola con Horacio, quien desnudo la miraba sonriendo.

-- Cuando acabe contigo me pedirás tragarte todo mi semen con tal de volver a sufrir un castigo.

Se giró y fue hasta la maleta que había traído Jessica, y sacó de ella un twase, Elsa lo reconoció enseguida, jamás podría olvidar aquel terrible artefacto. Sonriendo, Horacio fue hasta ella.

-- No podrás andar en días. No pararé aunque tus pies estén destrozados, no hasta cumplir tu castigo. Escucha bien, recibirás cien azotes en tus pies con el twase, después te azotaré otras cien veces con la vara de madera flexible, cuando acabe, te untaré aceite en los pies y pasaré un secador de pelo a plena potencia por ellos hasta que aparezcan ampollas, y cuando acabe volveré a azotarte los pies cien veces con una correa de tres cabezas. No te preocupes, te desmayarás, pero te reanimarán mis propios azotes, y cuando acabe con tus pies, estos recibirán los cariños y mimos de mis chicas, te loe limpiarán, te los lavaran, te darán unas cremas calmantes y cicatrizantes, y en cinco días o menos, estarán como ahora mismo, antes de tu sufrimiento. Le pediré disculpas a tu padre, pero no podrás ir a clase, porque como te digo, no podrás andar.

>> Ni pienses que eso me impedirá seguir disfrutando de tus pies hoy y mañana. Pasaras los dos peores días de tu vida, y desde hoy, no volverás a vomitar al probar semen. Créeme, esto te lo hará recordar.

Elsa lloraba de pánico, sabia que de nada serviría pedir perdón. Entonces vio a Jessica y Belén aparecer, coger algo de la maleta ya cercarse a ella. Belén llevaba una mordaza de esas con una bola, se la metieron en la boca y la ataron al cuello, nadie la oiría gritar así, Jessica traía algo distinto, era un vibrador de un tamaño como Elsa no podía imaginar, y con los ojos abiertos de terror, vio como lo untaba en vaselina y después se lo metía lentamente su sexo Elsa lloraba de dolor, apretaba los dientes chocando con la bola, sentía el sabor de la sangre de sus encías al hacer fuerza, apretaba fuerte los ojos y las lagrimas la recorrían la cara y después se quedaban pendientes de la barbilla acabando por caer en sus pechos, mientras Jessica introducía el enorme consolador en su coño, Elsa creía que se desgarrarais, pero cuando pensó que iba a desfallecer, Jessica paró. Entonces, miró a Horacio y este asintió. Jessica conectó el vibrador y lo puso al máximo Y Elsa enseguida gimió de excitación y placer, no tardaría en corrérse.

-- Vas a estar con el consolador todo el rato. Cuando acabe el castigo tendrás el coño tan abierto y empapado que cabría mi cabeza, y tus pies habrán sufrido un brutal castigo, con el que tu te habrás corrido innumerables veces. Cuando tengas los pies sanos, pedirás a gritos un castigo en tus pies para volver a sentir excitación. Lo sé, a mi hermanastra la pasó. Este castigo que te inflingiré, se lo hice a ella el prior día que andó descalza. Desde entonces, sólo se corre si es con la tortura de sus pies o un posterior masaje.

Elsa estaba como en otro mundo, se había corrido ya, y gozaba de este placer, pensaba que no sentiría dolor, pero cuando sin aviso recibió tres golpes seguidos, quiso chillar de dolor y abriendo los ojos, vio como Horacio la sonreía.

-- Solo ha sido de prueba, ahora viene lo bueno, prepárate.

Y echando su brazo atrás, descargó el primer golpe en los pies de Elsa, justo en medio, en los arcos, donde la joven no había aun endurecido sus pies. Jamás había sentido tanto dolor. Los siguiente, en el talón y en la parte de arriba, justo donde empezaban los dedos, habían dado de lleno en la parte de sus pies que comenzaban a curtirse, pero fue tan doloroso como el otro, jamás la habían golpeado así, y mientras se preparaba para el siguiente golpe, entre lágrimas, se volvió a correr.

CONDICIONAMIENTO OPERANTE

Gabriela había terminado de limpiar.  Sus plantas lastimadas comenzaban a dolerle nuevamente. Y pensar que el fin de semana recién comenzaba, ¿qué le esperaría después?, pensó.  Guardó los útiles de limpieza en el pequeño cuarto que estaba cruzando el patio, para lo cual tuvo que atravesar el piso sembrado de grava afilada y puntiaguda.  El dolor en sus plantas era terrible a cada paso que daba.  Como un flash, vino a su memoria un recuerdo de sus vacaciones en Ibiza de la semana pasada.  Su hermano la había dejado sola en el hotel, había salido de parranda la noche anterior y aunque ya era de mañana aún no llegaba.  Gabriela se había despertado, desayunó y salió del hotel a pasear sin rumbo.  Llevaba un vestido amarillo que le sentaba muy bien y el tobillo izquierdo estaba adornado por una hermosa tobillera.  Era ya medio día y el suelo quemaba terriblemente, literalmente friéndole las plantas de los pies en ese caluroso día de verano, pero a ella no le importaba.  Sus plantas estaban curtidas, se veían y se sentían como cuero, y además el pavimento, quemándolas, no hacía sino excitarla.  Buscando más emoción y algo de entretenimiento terminó en un mercadillo callejero.   Notó el piso cubierto de piedrecillas puntiagudas, afiladas, que se le clavaban en las plantas de los pies a cada paso que daba mientras ella vagabundeaba entre los distintos puestos que ofrecían de todo, desde pareos hasta peinetas.  De repente lo vio:  había un joven que la observaba fijamente, prestando especial atención a sus pies.  Ella sólo atinó a sonreír y siguió su camino, mirándolo mientras él no se daba cuenta.  Gabriela pudo notar cómo, intentando no ser visto, el joven le tomaba fotos de manera distraída, intentando ser casual, tratando de apuntar a otro lado como si fuera tan sólo un turista de vacaciones.  A Gabriela no le molestó ser el foco de su atención.  Fingiendo ser casual, se detuvo en un puesto y levantó un pie, para dejar que el muchacho apreciara la planta de su pie.  Seguro que él notaría las marcas que las piedras dejaban en sus plantas curtidas.  Volteó y lo vio, absorto.  Era demasiado obvio intentar tomar una foto.  “Tú te lo pierdes” pensó Gabriela.  La estaba pasando de lo mejor, coqueteando con sus pies desnudos, tentando al joven que absorto se quedaba mirándole los pies desnudos.  Dolor... sintió cómo una piedra especialmente puntiaguda se le clavaba en una de sus heridas recién abiertas y el dolor le punzó al mismo tiempo en el pie y en el sexo, causando sensaciones encontradas y devolviéndola a su realidad.  Estaba desnuda, descalza sobre las piedras afiladas. Regresó a la casa y se presentó a Guillermo:

-- Amo, he terminado lo que me encomendó, estoy a su disposición.  Mis pies y mi cuerpo están a su servicio, haga con ellos lo que desee. -- Recitó la fórmula mirando al piso, como su hermanastro le había enseñado hacía algunos años atrás.

Guillermo vio a la formidable mujer que estaba frente a él.  Su cuerpo era perfecto, magnífico. Sus pechos bien formados y firmes.  Notó su sexo humedecido.  -- Veo que Horacio te ha entrenado bien, te excita el dolor, te excita que tus plantas sufran, ¿no? --  Gabriela no dijo nada, permaneció sin levantar la cabeza, pero sus pezones se endurecieron de inmediato y contestaron por ella. -- No hace falta que contestes, tu cuerpo lo ha hecho ya -- agregó Guillermo.

>> Echate en el suelo, boca abajo, y coloca los pies aquí. -- dijo él.

La muchacha obedeció, colocando sus pies en la silla que él le señalaba.  Guillermo aseguró los tobillos de la chica con dos correas de cuero, ajustándolos bien, y procedió a examinarle las plantas.  Lo que vio lo deleitó:  las plantas se habían ensuciado y estaban perfectamente negras, dejando sólo los arcos limpios, que asomaban, no blancos, sino enrojecidos y aún lastimados, con algunos cortes y arañazos causados por la loca carrera sobre los cristales rotos.  El polvo resaltaba las delicadas y hermosas curvas de los pies de la muchacha.  Guillermo le tocó las plantas, casi acariciándolas, regocijándose en su textura.  Aquí y allá sentía los bordes de las cortaduras.  Los cortes no eran profundos, pues la piel de las plantas de Gabriela era prácticamente de cuero, años de ir descalza habían curtido sus pies hasta convertir sus plantas en una superficie flexible y dura.

-- Hora de la limpieza. – dijo

Gabriela sintió un ruido intenso seguido de un dolor terrible en las plantas de ambos pies, parecía que un hierro al rojo se las estuviese quemando.  Era nada menos que el twase, aquel temido instrumento de tortura que a su hermanastro le encantaba usar y que por lo visto Guillermo manejaba también a la perfección.  Durante una hora se retorció de dolor, gritó, dio aullidos casi sobrehumanos que los vecinos, si los hubiesen tenido, hubiesen escuchado de seguro.  Pero la casa estaba aislada, la propiedad era grande y no había nadie en los alrededores.  Gabriela sintió como si le estuviesen desollando las plantas de los pies, como si cada latigazo le arrancara la piel de las plantas dejándoselas en carne viva.  El dolor era terrible e incluso perdió el conocimiento en un par de ocasiones, perdiéndose en una dulce inconsciencia....pero segundos más tarde otro latigazo, más brutal que el que la había hecho desvanecerse, la hacía volver a su purgatorio particular.  Entonces, luego de una hora de salvaje tortura, la sensación cambió....el dolor seguía, era más intenso, pero al mismo tiempo empezó a sentir el anhelado placer...

-- Más, más, más – gritaba -- ¡Amo, más fuerte, más fuerte, más dolor! -- aullaba, motivando a Guillermo a azotarle las plantas con más fuerza aún. -- ¡Así, así, así! -- gemía Gabriela, mientras las lágrimas le rodaban por las mejillas.

Sentía como si sus pies fueran a explotarle, al igual que su sexo húmedo.  Queriendo y sin querer había sido entrenada para esto, para obtener orgasmos siendo estimulada por torturas aplicadas a las plantas de sus pies.  Con los ojos nublados recordó su primera vez, cuando su hermanastro le puso el vibrador a máxima intensidad a la vez que le azotaba y quemaba las plantas.  Ya no hacía falta el vibrador, el estímulo había sido grabado a sangre y fuego en su mente, tal como en los experimentos de Pavlov, la muchacha había sido condicionada, en este caso, a responder al dolor, había aprendido a excitarse cuando las plantas de sus pies sufrían.  Guillermo era un experto, las plantas de la muchacha estaban completamente cruzadas de líneas carmesí, estaban completamente enrojecidas mientras ella gemía de placer y dolor, pero ningún daño permanente había sido hecho, ninguna marca quedaría en esas plantas curtidas y él lo sabía. 

De repente el tormento cesó.  Gabriela dio un suspiro y se quedó quieta, sonriendo.  Estaba exhausta, disfrutando al mismo tiempo el placer intenso que acababa de experimentar y el dolor que sus plantas sentían y que no se iría hasta dentro de un buen rato.  Guillermo desató sus tobillos, que quedaron marcados por las ajustadas correas, y levantó a la muchacha, llevándola a su habitación y depositándola suavemente, diríase cariñosamente, en la cama.   El pecho de la chica se levantaba rítmicamente, agitadamente, mientras una sonrisa de placer se dibujaba en su rostro.  Sus mejillas estaban cubiertas de lágrimas y mientras era llevada en brazos a su habitación, sólo atinaba a musitar suavemente:

-- ¡Gracias, gracias, gracias!”.

En cuanto la colocó sobre la cama Gabriela se durmió.  Guillermo se quedó allí, al pie de la cama, contemplándola, admirando su belleza, observando sus plantas torturadas, su trabajo.  Suficiente por hoy, se dijo.  Conocía los límites y sabía que esos pies debían descansar un poco, que tenía que darles tiempo para que se recuperasen.  Sabía también que esta hermosa mujer no usaba zapatos jamás y que sus plantas eran fuertes.  Imaginó qué pensarían en su trabajo, al verla llegar un lunes por la mañana con los pies desnudos y un elegante traje sastre perfectamente planchado.  Qué dirían sus compañeros de oficina al notar casualmente alguna que otra marca de azotes o quemaduras en las plantas de la muchacha, cuando esta, inadvertidamente, levantaba el pie.  Permaneció en silencio, velando el sueño de la chica, su esclava de fin de semana, mientras que la cubría con una manta para evitar que se resfriase.  Al sentir el contacto de la tela con su piel, ella abrió los ojos brevemente, dijo gracias nuevamente, y quedó otra vez profundamente dormida.  El sabía que el agradecimiento no había sido sólo por la manta, sino y sobre todo por la tortura que le había hecho sufrir.  Era increíble como una mujer como esta necesitaba, sí, necesitaba que sus plantas sufrieran para obtener placer.

 

SUCUBO

Cuando el último de los azotes de la correa de tres cabezas golpeó la planta de los pies de Elsa, el aspecto que tenían era terrible. El color rojo de todos los golpes y las quemaduras producidas había empezado a tornarse morado,  múltiples heridas pequeñas que apenas sangrarían y débiles ampollas surcaban los pies de la joven, la cual estaba en estado de shock, con la cara congestionada, roja de tanto llorar, y empapada de cintura para abajo. El vibrador seguía en su interior, con el terrible zumbido martilleando sus oídos. No sabia cuantas veces se había corrido, pero pensaba que habían sido tantas, que jamás volvería a corrérse. Se había desmayado cuatro veces, y de todas había despertado sobresaltada por un brutal golpe. Se había orinado encima tres veces, y el olor a sexo, sudor y orines se mezclaba en la habitación. Elsa pensaba en su interior que se habría quedado paralítica, y la paliza había sido tan brutal que tal vez fuera así, pero Horacio no había lastimado partes vitales de sus pies. No andaría bien en unos días, pero esto la haría más fuerte, estaba seguro. Su boca, seca, con sabor a sangre de tanto apretar la bola, había perdido la saliva por las comisuras, empapando su cuello y pechos, los cuales estaban húmedos de sus babas. Ahora mismo, medio dormida, sin poder sentir, sintió como la quitaban la mordaza, y al cerrar la boca, sintió un terrible dolor. Había estado más de tres horas así.

No le quedaban lágrimas así que gimió, pero un grito de dolor escapó de su boca cuando Horacio la beso sus magulladas plantas del pie, el mínimo roce la producía el mayor de los dolores.

-- Silvia, Belén, subirla, lavarla bien, curar sus pies y acostarla.

Las dos asintieron.

-- Jessica, limpia todo esto.

La mucha asintió igualmente, mientras Horacio se marchaba a la cocina. Belén y Silvia desataron a Elsa, la sacaron el consolador, el cual salió manchado de sangre, y la ayudaron a bajar, la joven no intentó apoyar los pies, solo la punta de los dedos, moverse era un esfuerzo sobrehumano para ella, y descubrió que aun tenia lagrimas. Casi arrastrándola, las dos muchachas logaron llevar a Elsa hasta su habitación. Las dos estaban asustadas por lo brutal que había sido Horacio, solo le habían visto así una vez, con su propia hermanastra, y a ella se lo hizo sin que hubiera andado descalza nunca, por lo que los pies de la chica estaban débiles, los de Elsa, aunque poco, se habían endurecido un poco, pero no lo suficiente para aguantar los fuertes golpes que habia recibido.

Tras aquellos primeros cien golpes con el twase vinieron los cien con la vara, en donde al final aparecieron los primeros debiles cortes que apenas sangraron. Elsa sentía ahora mismo el dolor en sus pies, el escozor en su entrepierna, con las piernas abiertas, pues no podía cerrarlas, Elsa noto, casi como si estuviera fuera de su cuerpo, como la introducían en un baño de agua tibia. El dolor volvió a sacudirla al mojarse sus pies y su sexo en el agua, y chillo llorando de nuevo. Las dos muchachas sintieron lastima y la besaron en la boca y en los pechos suavemente, varias veces hasta calmarla. Elsa notaba que eso la volvía a excitar, y pidió que parasen, no quería excitarse, no, nunca más. Poco a poco notaba las manos de las jóvenes asear su cuerpo, lavarlo, con cuidado, sus pechos, sus brazos, su sexo, escocido, rojo de tanta humedad, donde mañana aparecerían llagas de tanta lubricación y excitación, de tener tanto tiempo el consolador, el cual, además,  había provocado que la menstruación fuera a más. Aguantó con rabia un chillido cuando cogieron sus pies para lavárselos, unos pies amoratados y enrojecidos, hinchados, doloridos, pero sin ningún hueso roto. Horacio es un genio, pensó Silvia dedicando una lamida de pies con su lengua a la planta del pie izquierdo de Elsa, la cual sintió que aquello la excitaba, ha humillado y ultrajado los pies de esta joven tan brutalmente como nunca podía hacerlo nadie, y no los ha roto. Belén limpió el otro pie y también lo lamió, luego lo dejaron cuidadosamente en el interior de la bañera y fueron a lavar cuidadosamente las piernas y la entrepierna de Elsa. Esta recordaba ahora como tras los cien golpes de vara, sentía los pies arder de dolor, y debajo de su culo, su sexo hinchado segregando flujo, mezclándose con su primera orina, y como su llanto aprecia en vez de ablandar, enfurecer más a Horacio, y como al notar como este acariciaba sus pies untándolos de aceite, el dolor era insoportable, y se desmayo, recibiendo un azote de propina con el twase, que la despertó, volviendo a sentir como le aplicaba el aceite Y como cuando los dos pies estuvieron bien untados bien pringados de aceite, acercó un secador de pelo, lo puso a plena potencia y pegándolo casi  a sus pies, solo separado por centímetros, comenzaba a freír sus plantas, fue cuando se desmayo otra vez, despertándose con un dolor intenso en los pies, al descubrir que el secador estaba literalmente apoyado en sus pies. El tormento duró luego media hora más. Sus pies, ampollados, quemados, abrasados, sufrirían aun cien azotes más con el látigo de tres cabezas, seria como recibir trescientos golpes más, y en esa ocasión se desmayó otras dos  veces más. Por fin, ahora, el tormento había acabado. Silvia la ayudo a salir de la bañera, Elsa apoyó los pies, le temblaba todo el cuerpo, y el dolor le mando una señal brutal al cerebro, y volvió chillar. Lentamente, temblando, con las piernas flaqueando, arrastro sus magullados pies hasta su cuarto, se tumbo en la cama con la ayuda de las esclavas de Horacio, y sintió como estas la besaban, acariciaban y chupaban sus pies, para masajeárselos después con un ungüento calmante, pues el dolor, aunque aprecia increíble, poco a poco desapareció, y mientras la masajeaban, Elsa se descubrió metiéndose tres dedos, pues le cabían perfectamente sin esfuerzo alguno, en su coño y se masturbaba, y justo cuando se corría, mientras seguían masajeando y besando sus pies con cariño, suavidad y mimo, Elsa, se durmió.

 

Se despertó sin recordar donde estaba, y vio su reloj de mesilla parpadear anunciando las ocho de la tarde, había dormido cuatro horas de siesta, estaba hambrienta, así que, lentamente se incorporó y apoyando los pies en el suelo trato de levantarse, pero el dolor la inundó, y la hizo recordar, y casi revivir, la tortura de esa tarde. Entonces la luz se encendió y vio en la puerta a Horacio. Elsa casi se pone a llorar de inmediato, el hombre que la había torturado estaba de pie, ante su puerta, desnudo, con la polla empalmada, gorda, una polla enorme, y una sonrisa igualmente enorme en la cara.

-- ¿Qué tal la bella durmiente?

Elsa se recostó en la cama y se acurrucó, Horacio, sentándose en el borde de la cama, cogió el pie derecho de Elsa por el tobillo y lo inspecciono. Hizo una mueca. El aspecto era lamentable, aunque el ungüento hubiera echo ya parte de efecto, tardarían un par de días en tener un aspecto más saludable.

-- He de reconocer que me he excedido. – Cogió suavemente el pie y lo beso, y pasó la lengua varias veces, Elsa cerró los ojos, aquello la estaba excitando, y su coño aun estaba tan abierto que cabria esa polla enorme que tenia Horacio – Puede que te deje descansar los pies el resto del día y mañana, seguramente si no te los torturo hoy más, mañana podrás andar hasta la tienda a comprar pan.

Elsa asintió gimiendo, había cerrado los ojos y había sacado su clítoris afuera por completo, y lo estaba masajeando. Horacio la seguía masajeando y chupando los pies, entonces, entró Silvia, y sin aviso se puso junto a Elsa en la cama y empezó a chupar cerrándolo entre sus labios el clítoris de la muchacha, la cual soltó un grito, abrió los ojos y empujó la cabeza de la muchacha contra su pubis entre jadeos. Entonces entró Jessica, y seguida de esta Belén, y cada una empezó a chuparla un pie. Elsa cerraba los ojos, mientras notaba que Silvia abandonaba su pubis y se iba a acompañar a sus amigas, ahora se turnaba en chupar uno de los pies junto a sus dos compañeras, Elsa, cerraba los ojos, se estaba masturbando, había abierto las piernas, y abriendo los ojos, vio que Horacio estaba ahora encima de la cama, sonriéndola, y con la polla en la mano.

-- Te voy a follar.

-- Siiiiiiiiiiii…… -- gimió Elsa.

-- Y después te follare otra vez.

Y dándola la vuelta bruscamente en la cama, Elsa sintió como de un brutal golpe Horacio la penetraba en su virginal culo, y la joven chilló de dolor y excitación al corrérse, la violencia de la brutal penetración hizo que Elsa se orinase encima, saliendo un chorro que manchó sus pies. Silvia y Belén, que se habían apartado a darle Horacio la vuelta a la chica, corrieron a lamérselos, limpiándolos de orines, ambas la chupaban la planta de los pies y Belén, pasado unos segundos se sacaba uno de su boca para dárselo a Jessica. Al notar el calido semen recorrer su interior, Elsa se corrió y se desmayó, sonriendo de placer y con lágrimas de dolor en sus ojos. Horacio la había desvirgado su culo, además de seguramente desgarrado, pero aquello la daba igual, quería más, el dolor, no existía, el dolor era pasión, era ardor, el dolor era bueno, y ella, quería dolor, y por eso soñó con dolor, con brasas ardientes bajo sus pies, con porras en su coño y en su culo mientras la hacían correr sobre clavos y cristales, soñó con sus pies, sobre un brasero, recién aceitados, y en sueños, mientras Horacio disfrutaba de su presa inconsciente, Elsa se volvió a correr, y despertándose de golpe, gimió de placer en un grito terrible, algo que a Horacio, le satisfizo, mientras Elsa pedía más.

-- Ahora te daré más – dijo Horacio, y sacando la polla del culo de Elsa, llegó el momento de desvirgar su sexo, en donde entro suave y sin problemas, pues aun estaba abierto y lubricado. – Serás mía.

-- Si mi amo, si, siempre, fólleme.

Y Horacio comenzó a empujar fuertemente mientras Elsa gemía entre sollozos, excitada, ultrajada, humillada, disfrutando, sufriendo, sintiendo como sus pies estaban cada vez más húmedos de babas, y como el semen, que salía de su ano, se escurría hacia su sexo, donde ya empezaba a introducir Horacio más, sonriendo, pensando en el excelente trabajo que estaba haciendo, pues había convertido a una inocente muchacha en una puta, en un súcubo, en la concubina del demonio, en solo un día.

Cuando Elsa se despertó el domingo serian las cinco de la mañana, aun era de noche, y lo primero que vió fue a Silvia a su lado, tumbada, y enseguida sintió fue un desgarrador dolor en su vientre y su entrepierna, que enseguida se traslado a su culo y finalmente, un latigazo de dolor la sacudió desde sus pies, y entonces, claramente, recordó, todo lo sucedido ayer, desde la paliza de Horacio, hasta la violación. Pero realmente, no fue violada, ella pidió a Horacio que hiciera aquello, y acurrucada en la cama, comenzó a llorar. ¿Qué la pasaba? Se había convertido en una puta, y sin darse cuenta se encontró masturbándose recordando lo ocurrido anoche. Su sexo, que ya se había cerrado, se mojo con solo rozarle sus dedos, y eso la hizo retirarlos rápidamente, y sin pensarlo, se incorporó en la cama y se levantó. Los pies la volvieron a chillar diciendo que dolían. Aguantó un chillido, fue hasta su armario andando despacio, aguantando el dolor de sus pies, y cogió un tanga, unos pantalones vaqueros y una camiseta de tirantes, se los puso, y salió de la habitación sin armar ruido. Con cuidado, ando por el pasillo hasta el dormitorio de su padre, allí, Horacio dormía a pierna suelta con Belén a un lado  mientras Jessica descansaba en el suelo. Elsa sabia que en la mesilla de su padre estaba lo que quería, así que sin pensárselo mucho fue hasta ella y la abrió con cuidado de no armar ruido, sin darse cuenta de que Belén estaba despierta y con los ojos entrecerrados la observaba. Elsa no tardó en encontrar lo que buscaba, una llave. Con cuidado salió de la habitación y bajó las escaleras apoyando solo la punta de sus pies. Cuando al llegar abajo lo volvió a apoyar entero, una nueva sacudida de dolor la hizo temblar y reprimir un gemido de dolor, y, se sorprendió, de placer. Empezaba a notar que cuanto más andaba y más la dolían los pies, más mojada estaba. Lentamente, mordiéndose el labio inferior para no chillar, entró en el salón y fue hasta la pared del fondo, quitó el cuadro que había y abrió la caja fuerte que había detrás. Su desilusión se hizo patente cuando vio que no había nadie. Quiso chillar, pero en su lugar se calmó, cerró la caja y volvió a dejar el cuadro, y cuando se volvió, consiguió ahogar un chillido de puro milagro. Ante ella, en al puerta del salón, estaba Belén, La muchacha se había vestido con ropa de Elsa, otros vaqueros y otra camiseta de tirantes. Elsa se fijó en sus pies, estaban descalzos al completo, sin las medias que llevaba cuando la había visto acostada junto a Horacio. Belén era la más guapa y atractiva de las tres chicas, y sus pies eran maravillosamente hermosos, ojala los pudiera besar, pensó Elsa, pero no podía, tenia que irse de allí.

-- Se lo que te propones Elsa. – Comenzó Belén – Y quiero irme contigo.br> Elsa miró a la muchacha, ¿seria verdad que quería huir con ella? Sin pensarlo se acercó a ella y la tocó la cara con su mano, después, sin pensarlo, la besó en la boca. Belén la correspondió abriéndola y juntando sus lenguas. Sin pensarlo, Elsa acarició con su pie dolorido el de Belén, las dos gimieron, dejaron de besarse y se miraron.

-- ¿Dónde iremos?

-- Donde sea, cualquier sitio será mejor que esto – dijo Belén – He cogido las llaves del coche de Horacio, tiene gasolina para alejarnos de aquí 300 Km., allá donde vayamos estaremos libres.

Elsa asintió, volvió a besarla y cogidas de la mano salieron de la casa. Las dos jóvenes corrieron hasta el vehiculo y Belén se sentó al volante, Elsa miró los pies de la muchacha manejar los pedales con soltura y deseó chuparlos cuando parasen en algún sitió, Belén se dio cuenta y la miró a los pies, Magullados, doloridos, los cuales Elsa apoyaba en el salpicadero, las dos se sonrieron.

-- ¿Querrás comprarte calzado?

Elsa negó con la cabeza.

-- No, ¿tu?

-- Tampoco – torció a la derecha y salió de la finca para entrara en la carretera – Estaré siempre descalza.

-- ¿Me dejarás limpiarte los pies cada noche antes de dormir abrazadas?

-- Si, si tu me dejas limpiar los tuyos.

-- Lo haremos a la vez.

Hubo un minuto de silencio, después, Elsa volvió a hablar.

-- ¿Cómo nos ganaremos la vida?

-- No lo se – dijo Belén – no me gustaría venderme como puta, pero como último recurso… Habrá que hacerlo. Podríamos tratar de limpiar casas.

-- Para empezar – dijo Elsa como si no hubiera oído a Belén --  podríamos hacer algún espectáculo ambulante.

Belén sonrió, Elsa había agitado los pies al decir eso ultimo.

-- Podríamos andar sobre brasas o cristales. – dijo la chica – Compraremos cremas para nuestros pies, y nos turnaremos.

-- Horacio ha hecho un excelente trabajo  contigo – dijo Belén  -- Te ha convertido en una autentica esclava del dolor.

Elsa se ruborizó.

-- No te preocupes, me gusta, y me gusta que seas así, yo lo soy, desde hace más tiempo que tú, y te aseguro que mucho más que tú. – Elsa sonrió, ya no sentía pena por lo sucedido, estaba a punto de emprender una aventura única, jamás se hubiera imaginado besando a una chica, y ahora, estaba escapando con una.

-- Andaremos sobre cristales, clavos, brasas…

Elsa miró a Belén, la joven estaba sonriendo, ella entonces abrió la guantera. Dentro había una caja de puros como los de Horacio, sonriendo cogió uno, lo encendió y dio una calada, tomó su pie derecho y apretó la punta del puro en medio de la misma, Elsa gimió de placer, y tiró el cigarro por la ventana cuando este se apagó del todo en su magullado pie, el cual volvió a apoyar en el salpicadero, miró a Belén, estaba sonriendo.

-- Esta noche, ¿me quemaras a mi los pies un poco?

Elsa asintió.

-- Estaremos siempre juntas, siempre descalzas, y mis pies serán para ti, igual que los tuyos para mi, para cuidarlos, mimarlos, besarlos, torturarlos.

-- Si, descalzas, siempre, siempre descalzas.

Y Belén  y Elsa se miraron, deseando poder alejarse lo suficiente para poder parar y chupar los pies de la otra, tumbadas en el suelo de algún campo verde, o en la parte de atrás del vehiculo. Las dos permanecerían siempre descalzas, en todo lugar, a todas horas, por siempre, descalzas.

 

FIN DE LA PRIMERA PARTE

    

 
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