Sin molestarme en recoger mi ropa, por una cuestión de comodidad, bajé desnudo a la planta inferior. Sus contraídos pezones estaban rodeados por una amplia corona sonrosada y unos cuantos pelitos ínfimos que sólo una vista aguzada (o alguien examinando sus pezones a una distancia muy reducida) podría haber captado. Había otra, un poco rellenita y con una ligera papada, pero no exenta de encantos, que a nadie mínimamente atento pudo pasarle inadvertida. Al tipo la unión parecía estar reportándole un placer puro, sin paliativos, porque babeaba y se removía como el que sufre una pesadilla. También acerté a identificar la versión dance del Corazón Partío de Alejandro Sanz y la canción del mariachi Antonio Banderas en el filme Desperado. Comprendí que las loas más pretenciosas acerca del incontenible goce sexual que se habían escrito, se quedaban cortas ante la indescriptible reminiscencia de nacimiento y omnipresencia que estaba experimentando en el paraíso al que había ido a parar ilícitamente. |